Hay hechos que atraviesan la historia de una ciudad y dejan cicatrices que ningún tiempo puede borrar. La madrugada del 26 de febrero de 2006 en San Miguel de Tucumán fue una de esas noches. Paulina Lebbos, estudiante de periodismo y madre de una niña de cinco años, desapareció tras salir de un boliche en la zona de El Abasto. Lo que en principio parecía una ausencia temporal se convirtió en el inicio de una tragedia que hoy, a veinte años, sigue marcando la memoria de Tucumán y exponiendo las grietas de su sistema de justicia.
Paulina abordó un Fiat Duna bordó junto a su amiga Virginia Mercado. Mercado descendió primero, mientras Paulina continuó hacia el departamento de César Soto, su ex pareja y padre de su hija, quien aseguró que ella nunca llegó. Doce días más tarde, su cuerpo apareció a la vera de la ruta 341, en Tapia. Lo que debería haber sido un caso resuelto con celeridad se transformó en una saga de denuncias, rumores y más de mil manifestaciones ciudadanas, tres juicios por encubrimiento y un juicio abreviado por falso testimonio de Virginia Mercado, quien admitió haber mentido en el proceso de 2018 y fue condenada a tres años en libertad condicional, sin que nunca se aclarara qué encubría.
El análisis jurídico del caso revela una paradoja alarmante. La ley y los procedimientos existían, pero no lograron proteger a la víctima ni garantizar justicia efectiva. El rumor de la participación de los “hijos del poder”, incluyendo a personas cercanas al entonces gobernador José Jorge Alperovich, atravesó el expediente durante años, aunque sin pruebas concluyentes. Mientras tanto, César Soto, ex pareja de Paulina, está acusado de homicidio agravado por alevosía y enfrentará un juicio este 2 de marzo. La expectativa pública y la presión social convergen ahora en un estrado que deberá resolver, finalmente, preguntas que llevan dos décadas sin respuesta.
Desde una perspectiva crítica, el caso Lebbos evidencia fallas estructurales en la administración de justicia: dilaciones, encubrimientos, manipulaciones del testimonio y la lentitud de los procesos judiciales que convierten un crimen brutal en un símbolo de impunidad prolongada. La historia de Paulina también deja una enseñanza sobre la importancia de la transparencia, la protección efectiva de las víctimas y la independencia del poder político frente a los procesos judiciales.
Veinte años después, Paulina Lebbos sigue siendo más que un nombre en un expediente, es un recordatorio doloroso de que la justicia no siempre actúa con la urgencia que exige la vida, y un emblema de lucha que cuestiona a Tucumán y al país entero sobre cómo proteger a quienes hoy están en riesgo y cómo cerrar, de una vez por todas, heridas abiertas que la impunidad, en este caso en particular, prolongó por tantos años.