Cada 27 de febrero la Argentina conmemora no solo un símbolo, sino una decisión política y moral tomada en el fragor de la incertidumbre. Hace 214 años, frente a las baterías Libertad e Independencia a orillas del Río Paraná, el general Manuel Belgrano hizo algo más que enarbolar un paño celeste y blanco, desafió la indecisión de su tiempo y obligó a una naciente nación a mirarse a sí misma. Allí donde hoy se alza el Monumento Histórico Nacional a la Bandera, en la ciudad de Rosario, comenzó a tomar forma una identidad que todavía discutimos.
Un acto de coraje, no de protocolo
La creación de la bandera en 1812 no fue un gesto ceremonial ni una orden consensuada. Fue, en rigor, un acto de desobediencia estratégica. Belgrano entendió que los pueblos no se consolidan solo con ejércitos, sino con símbolos capaces de convocar lealtad. Diseñada con los colores de la escarapela, aquella bandera buscó transformar una revolución incierta en una causa común. En tiempos donde abundaban las dudas sobre romper definitivamente con la corona española, el gesto fue una declaración de soberanía antes de que la soberanía estuviera asegurada.
Hoy, más de dos siglos después, esa audacia contrasta con una dirigencia frecuentemente atrapada en cálculos de corto plazo. La bandera nació para unir a un territorio fragmentado; recordarlo obliga a preguntarnos por qué, teniendo un símbolo tan potente, seguimos siendo una sociedad que se piensa a sí misma en términos de grieta.
El símbolo frente al desgaste de lo público
Las banderas suelen vaciarse cuando se convierten en utilería retórica. Se la invoca en actos escolares, en campañas políticas o en eventos deportivos, pero pocas veces como proyecto colectivo. La paradoja argentina es que el emblema que nos representa internacionalmente convive con una crisis persistente de confianza interna. ¿Qué significa hoy jurar lealtad a la bandera? ¿A un territorio, a un Estado, a una comunidad, a valores republicanos?
Belgrano la concibió como síntesis de sacrificio y esperanza. Murió pobre, olvidado por gran parte del poder que había ayudado a crear. Esa biografía debería incomodarnos, la bandera fue obra de un hombre que entendía la política como servicio, no como carrera personal. En un país donde la palabra “patria” suele banalizarse, recuperar esa dimensión ética es una deuda pendiente.
Una memoria que no debe fosilizarse
Los aniversarios redondos invitan a la solemnidad, pero también a la autocrítica. La bandera argentina no es un objeto del pasado sino una pregunta hacia el futuro sobre qué tipo de comunidad queremos ser. Si el 27 de febrero se reduce a una efeméride, perdemos la oportunidad de resignificarla. Si, en cambio, la asumimos como recordatorio de que la independencia fue una construcción colectiva, imperfecta, conflictiva, inacabada, entonces el símbolo vuelve a tener vida.
A 214 años de aquel juramento a orillas del Paraná, la bandera sigue allí, ondeando sobre nuestras contradicciones. No necesita que la defendamos con discursos grandilocuentes, sino con instituciones que funcionen, con educación que iguale, con una política que esté a la altura de la sociedad que dice representar.
Belgrano entendió que un país empieza a existir cuando se anima a imaginarse unido. Quizás el mejor homenaje hoy sea retomar esa valentía. Porque las banderas no sostienen a las naciones; son las naciones, cuando deciden estar a la altura de sus símbolos, las que sostienen a sus banderas.
Por Liliana Romano para Revista Mandato