Por Revista Mandato
Cada 8 de diciembre, mientras Argentina enciende sus luces de Navidad y decora los hogares con un gesto de esperanza, miles de fieles cruzan rutas, cerros y veredas para celebrar a la Inmaculada Concepción de María. Es un día que excede lo estrictamente religioso: es una tradición cultural profunda, un corazón colectivo que late incluso cuando la realidad económica golpea más fuerte.
En tiempos en los que la pobreza crece, la incertidumbre se instala como clima y muchas familias sienten que la vida se volvió cuesta arriba la figura de María vuelve a ser refugio. No es casualidad que, en medio de la crisis social que se profundizó durante el gobierno de Javier Milei, las peregrinaciones hayan recuperado un protagonismo especial. Cuando todo escasea, la fe se vuelve un pan que no se raciona.
La Virgen del Valle: Madre del silencio y de la lucha
En Catamarca, la Virgen del Valle recibe cada diciembre a miles de devotos. Vienen desde lejos, con mochilas gastadas y promesas que pesan más que el equipaje. Es la patrona del noroeste, de los trabajadores golondrina, de los que buscan milagros chiquitos: un empleo, salud, un plato lleno para sus hijos, un techo que aguante el verano.
Su imagen morena, tan cercana a los rostros del pueblo,simboliza aquello que a veces la política olvida, como la existencia real de un país profundo, que trabaja, que sufre y que sigue adelante.
La Virgen de la Reducción: historia y consuelo en Tucumán
En Tucumán, la Virgen de la Reducción reúne a quienes peregrinan desde los valles, desde los pueblos de la ruta 38, desde barrios donde no sobra nada. Esta advocación, tan ligada a la historia jesuítica y a la identidad tucumana, vuelve a cobrar un peso emocional enorme: el de ser una madre que acompaña en la intemperie.
Mientras los precios suben y los proyectos de vida se achican, la fe se convierte en un espacio donde las personas pueden volver a sentirse parte de algo más grande que sus problemas cotidianos.
Una peregrinación interior
La gran mayoría de quienes marchan este 8 de diciembre no buscan respuestas milagrosas. Buscan descanso. Buscan calma. Buscan volver a creer que Argentina todavía puede levantarse.
En cada paso descalzo, en cada vela encendida, en cada rezo que se pierde en el viento norteño, hay una verdad que no cambia: cuando el Estado no abriga, el pueblo se abraza entre sí. Y en esos abrazos, María es símbolo, es compañía, es memoria de que lo humano nunca se abandona del todo.
Un país que camina
La celebración de la Inmaculada Concepción este año tiene un tono diferente. No solo porque la crisis social atraviesa los hogares, sino porque muchos sienten que la política está lejos del pueblo. Y sin embargo, allí están los fieles caminando al encuentro con su madre espiritual.
María, en sus distintas advocaciones, aparece como una presencia que no promete soluciones económicas, pero ofrece la certeza de que ningún dolor es definitivo cuando existe comunidad.
Un pueblo que nunca olvida a su madre
En un país donde la realidad material parece erosionar la dignidad cotidiana, la peregrinación , el armado del pesebre y del arbolito funcionan como rituales de una autodefensa simbólica. El pueblo no peregrina para olvidar, sino para recordar en cofradia que aún posee la capacidad de proyectar futuro.
Y es allí donde María, en la del Valle, en la de la Reducción, en tantas advocaciones que pueblan el imaginario argentino, revela su verdadera función cultural. No es únicamente un refugio emocional. Es una figura que organiza la esperanza, que da forma a lo que, sin ella, quedaría disperso como lo es el deseo de seguir viviendo con sentido, incluso en tiempos de extravío colectivo.
La crisis actual no cancela la fe; la expone. Deja al descubierto que, cuando las certezas políticas se desvanecen, las comunidades reconstruyen sus propias certezas a partir de lo que permanece. Y lo que permanece, en esta geografía mestiza, atravesada por desigualdades históricas, es la convicción de que la dignidad humana necesita tanto pan como símbolos.
Peregrinación
Por eso la peregrinación no es solo un movimiento de cuerpos, sino un movimiento interior. Es la afirmación silenciosa de que la adversidad no alcanza para clausurar la esperanza. Que hay heridas que se transitan, pero no definen. Que un país puede estar pobre y, aun así, conservar una riqueza profunda y la capacidad de creer que lo bueno todavía es posible.
En ese gesto, humilde y monumental a la vez, María se convierte en metáfora de una Argentina que, a pesar de sus fracturas, insiste en caminar. Una Argentina que entiende que la fe, sea religiosa, ética o comunitaria, no es evasión, sino lucha. Y que cada diciembre, al pie de un altar o frente a un arbolito encendido, vuelve a decirse a sí misma, con la obstinación de quien no se rinde: “todavía vale la pena peregrinar por un país mejor”.
Foto: Santuario de la Virgen del Valle, La Reducción.