Argentina se repite; es un país donde los números crecen y los salarios se achican.Cada mes, una nueva cifra del INDEC revela que la pobreza no es una estadística, sino una forma de vida que se multiplica.
En la Argentina de los discursos circulares, cada gobierno se escuda en el anterior para justificar su propia inoperancia. La herencia política se convirtió en excusa estructural y la pobreza en un idioma que todos hablan, pero nadie soluciona. Mientras tanto, los salarios se estancan y la vida cotidiana se vuelve una carrera cuesta arriba.
Según el INDEC, en octubre de 2025 una familia tipo necesitó $1.213.798,81 para no ser pobre y $433.330 para no caer en la indigencia. Detrás de esos números hay una verdad incómoda: el país donde trabajar ya no garantiza vivir con dignidad.
El Instituto Nacional de Estadística y Censos informó que la canasta básica total (CBT), que contempla alimentos, transporte, salud, indumentaria y otros servicios esenciales, subió un 3,1 % en octubre, acumulando un 18,5 % en lo que va del año y un 23 % interanual.
A la par, la canasta básica alimentaria (CBA), que mide los alimentos mínimos para subsistir, también aumentó 3,1 %, con un alza interanual del 25,2 %.
Con estos valores, una familia de tres integrantes necesitó $966.325 para no ser pobre y $433.330 para no pasar hambre. En los hogares de cinco miembros, los ingresos mínimos debieron superar los $1.276.649 para no caer en la pobreza y los $572.488 para no ser indigentes.
La inflación se come el salario antes de llegar a fin de mes. Los insumos para elaborar la comida se fraccionan hasta el máximo de días posible. Desayunar, almorzar, merendar y cenar es un lujo. Las compras se planifican cada semana con la precisión de un economista. Para poder cumplir con el pago de los servicios se dejan de lado necesidades más urgentes como la compra de medicamentos. El resultado es devastador no solo para el bolsillo, sino también para la salud mental y física.
El estrés financiero se traduce en ansiedad, insomnio, gastritis y depresión. Las familias viven en estado de alerta constante. La incertidumbre económica deteriora vínculos, fragmenta proyectos y vacía la esperanza. El cansancio no es solo económico, es existencial: la angustia de saber que nada alcanza, aunque se trabaje todo el mes.
Mientras tanto, el relato político continúa en un loop: “la culpa es del gobierno anterior”. Cada gestión hereda una crisis, la amplifica y la disfraza de herencia. En ese círculo vicioso, la responsabilidad se diluye y la pobreza se perpetúa.
Argentina es un país donde la inflación se naturaliza y el hambre se institucionaliza, la salud física y psíquica se convierte en la víctima silenciosa de un modelo que termina por agotar a la gente que busca un cambio en sus politicos y que necesita que la dignidad deje de cotizar por encima del sueldo, porque la dignidad simbólica del trabajo no puede reemplazar el derecho a un salario justo.
La incertidumbre económica deteriora vínculos, fragmenta proyectos y vacía la esperanza. El cansancio no es solo económico, es existencial, es la angustia de saber que nada alcanza, aunque se trabaje todo el mes. Los argentinos no disocian los avances en la macro o microeconomía, solo saben que necesitan un pais mejor ahora no solo en los proximos 10, 20 o 30 años.