Por Revista Mandato
Cada fin de año, las ciudades se llenan de luces y estruendos. Los fuegos artificiales, que muchos celebran como un símbolo de alegría y festejo, esconden un costo que no siempre se ve a simple vista, el impacto sobre la salud, la seguridad y el bienestar de la comunidad.
Desde el punto de vista médico, los efectos de la pirotecnia son directos y alarmantes. Cada temporada registra quemaduras, traumatismos oculares y lesiones auditivas que derivan en hospitalizaciones prolongadas. Los adultos mayores y los niños son especialmente vulnerables, los primeros por su fragilidad física y las enfermedades preexistentes; los segundos por la curiosidad y la menor capacidad de reacción ante explosiones repentinas. En particular, los niños con TDAH presentan una sensibilidad sensorial aumentada, lo que los hace más propensos a crisis de ansiedad, sobrecarga sensorial y comportamientos de autoagresión o huida, generando riesgos adicionales para su integridad. Además, quienes padecen trastornos de ansiedad, estrés postraumático o enfermedades cardiovasculares sufren incrementos de riesgo ante el ruido y la tensión de los estallidos.
El daño no se limita a los seres humanos. Las mascotas, tanto domésticas como las que viven en la calle, viven momentos de terror. El ruido intenso genera crisis de ansiedad, desorientación, lesiones por intentos de huida y, en muchos casos, la pérdida irreversible de animales que se extravían o mueren de forma trágica.
En términos psicológicos y sociales, la pirotecnia exacerba situaciones de vulnerabilidad. Familias con niños pequeños, adultos mayores o con miembros con autismo se ven obligadas a modificar planes, evitar espacios públicos y lidiar con estrés y ansiedad innecesarios. Las comunidades más desfavorecidas, que no pueden costear atención médica privada, dependen de hospitales públicos saturados, generando gastos importantes y desplazando recursos que podrían invertirse en prevención, educación y atención primaria.
Políticamente, el uso indiscriminado de la pirotecnia plantea una responsabilidad ineludible para legisladores y gobiernos. Existen alternativas más seguras y sostenibles, espectáculos lumínicos silenciosos, proyecciones y actividades culturales, que permiten celebrar sin poner en riesgo vidas ni generar sufrimiento innecesario. Sin embargo, la implementación de normativas claras y su fiscalización efectiva requieren decisión política, compromiso legislativo y campañas de concienciación social.
El desafío es claro, disfrutar de las fiestas no puede ni debe implicar dolor, daño o riesgo para los más vulnerables. La responsabilidad es colectiva, pero la acción concreta debe surgir de quienes tienen el poder de regular, proteger y educar. Cada año que se repite el ciclo sin cambios, es un año en el que evitables lesiones, angustia y pérdidas de vidas continúan ocurriendo.
Luces que dañan, fiestas que duelen
Las fiestas pueden brillar sin explotar vidas. La pirotecnia silenciosa, la conciencia social y la voluntad política son la combinación que nos permitirá recibir el año nuevo con verdadera alegría: sin heridas, sin miedos y con respeto por todos los que comparten nuestro espacio y nuestra ciudad.