Por Revista Mandato
Hay fechas que no se recuerdan, se activan. Diciembre de 2001 no pertenece al archivo del pasado argentino; es una clave que vuelve cada vez que el lenguaje político se vacía, cuando la economía se abstrae de la vida concreta y cuando la representación deja de representar. No fue solo una crisis, fue una interrupción brutal del contrato simbólico entre el Estado y la sociedad.
Modelo agotado
El llamado “2001” condensó, en pocos días, el agotamiento de un modelo económico sostenido por la ficción de la estabilidad y la disciplina del mercado, y el derrumbe de un sistema político incapaz de escuchar lo que ya se gritaba en voz baja desde hacía años. La recesión prolongada, el endeudamiento, la exclusión social creciente y la conversión de la política en una administración tecnocrática del ajuste prepararon el terreno. El “corralito” fue apenas el fósforo, lo inflamable ya estaba allí.
La singularidad de aquellas jornadas no radicó solo en la magnitud del estallido, sino en su carácter profundamente transversal. La consigna “Que se vayan todos” no fue un programa, sino un síntoma que expresó el rechazo a una dirigencia percibida como homogénea en sus privilegios e indiferente en sus decisiones. No se trató de una disputa ideológica clásica, sino de una impugnación ética.
La ciudadanía autoconvocada
La multitud que salió a la calle no respondía a estructuras orgánicas; fue una ciudadanía auto convocada que, por un momento, se reconoció a sí misma como sujeto político sin intermediaciones.
El Estado de sitio, anunciado como gesto de autoridad, operó como catalizador de la protesta. La represión posterior, con más de una treintena de personas asesinadas, marcó un límite trágico y dejó una herida que todavía interpela a la democracia argentina, ¿qué tipo de orden se intenta preservar cuando se responde con violencia a una sociedad que reclama ser escuchada? La imagen del helicóptero despegando de la Casa Rosada no fue solo el final de un gobierno; fue la representación visual del colapso de una forma de ejercer el poder.
Legitimidades frágiles
Lo que siguió fue un interregno caótico, con presidentes efímeros y legitimidades frágiles, pero también un tiempo de experimentación política desde abajo. Las asambleas populares, los debates en las plazas, la búsqueda de nuevas formas de participación y control ciudadano expresaron una intuición potente que evidenció que la democracia no puede reducirse al acto electoral ni a la delegación ciega. Aunque muchas de esas experiencias no lograron institucionalizarse, dejaron una marca cultural y política que persiste como pregunta abierta.
Las crisis no irrumpen de manera súbita
Pensar el 2001 hoy no implica nostalgia ni advertencia moralizante. Implica asumir que las crisis no irrumpen de manera súbita, se gestan cuando la desigualdad se naturaliza, cuando el lenguaje público se vuelve cínico y cuando el dolor social se traduce solo en estadísticas. Implica, también, reconocer que la estabilidad sin justicia es apenas una pausa, y que la gobernabilidad sin legitimidad es un edificio sin cimientos.
En tiempos de nuevas tensiones económicas y redefiniciones políticas, la memoria de diciembre de 2001 exige algo más que conmemoración. Exige responsabilidad. Porque la democracia no se quiebra de un día para otro: se erosiona cuando deja de ofrecer horizontes, cuando confunde orden con silencio y cuando olvida que, antes que mercados o equilibrios fiscales, existen vidas concretas que esperan ser consideradas. La historia ya mostró el costo de no hacerlo.