Por Revista Mandato
La Matanza de la Escuela Santa María de Iquique fue el desenlace brutal de una acumulación de tensiones estructurales que el Estado chileno decidió no resolver por la vía política. No fue la huelga en sí lo que dio lugar a la matanza, sino la negativa sistemática de las autoridades y de las compañías salitreras a reconocer a los trabajadores como interlocutores legítimos.
El conflicto se gestó en las oficinas del interior de Tarapacá, donde el deterioro de las condiciones de vida era ya insostenible, salarios depreciados por la inflación, pago en fichas, arbitrariedad patronal y ausencia total de protección legal. A ello se sumó la presión de los empresarios salitreros, en su mayoría británicos, sobre el gobierno central, que temían que cualquier concesión sentara un precedente peligroso para el modelo extractivo.
Cuando los trabajadores llegaron a Iquique, el Estado optó deliberadamente por la estrategia de la intimidación. El intendente Carlos Eastman y el general Roberto Silva Renard, a cargo de las tropas, recibieron instrucciones claras de restablecer el orden “a cualquier costo”. La decisión de abrir fuego no fue un acto impulsivo, fue una resolución tomada en nombre de la autoridad y del orden económico.
El Estado chileno eligió reprimir antes que negociar, y hacerlo de manera ejemplificadora.
El 21 de diciembre de 1907 se transformó así en el día de la matanza. Ese día, tras reiterar la orden de desalojo, Silva Renard dio la instrucción de disparar contra los huelguistas reunidos en la Escuela Santa María y en la plaza adyacente. Las cifras oficiales minimizaron los hechos, pero la memoria popular habló siempre de cientos, posiblemente miles, de muertos. El silencio posterior fue parte del mismo dispositivo de poder que había autorizado la violencia.
La conmemoración del 21 de diciembre no fue una decisión estatal ni institucional en sus orígenes. Fueron los propios trabajadores, el movimiento obrero y, más tarde, las organizaciones sindicales y políticas de izquierda quienes fijaron la fecha como jornada de memoria y denuncia. La conmemoración nació desde abajo, como acto de resistencia simbólica frente al intento de borrar el crimen del relato oficial.
Intelectuales, historiadores sociales y artistas, como Luis Advis con la Cantata Santa María de Iquique, consolidaron esa fecha como un hito de la memoria colectiva chilena. No se trató solo de recordar a los muertos, sino de remarcarle al Estado que la modernización construida sobre la sangre obrera no podía considerarse progreso.
Desde una mirada política, el 21 de diciembre no es una efeméride neutral, es una fecha incómoda. Conmemora el momento en que el Estado decidió quiénes merecían protección y quiénes podían ser sacrificados en nombre del orden. Por eso, cada conmemoración es también un acto de disputa por el sentido de la historia.
Santa María de Iquique persiste porque no fue un accidente ni un exceso, fue una elección. Y el 21 de diciembre permanece porque hubo quienes se negaron a olvidar.