Por Revista Mandato
El cuerpo no es solo biología, sobre él se inscriben valores, jerarquías y exclusiones que ninguna balanza puede medir.
En las sociedades contemporáneas, la gordura no es leída como una condición corporal sino como una falta moral. Se la asocia, sin pudor ni fundamento científico serio, con negligencia, indisciplina o fracaso personal. Esta operación simbólica convierte una complejidad biológica, psíquica y social en una simple cuestión de voluntad, legitimando así la discriminación cotidiana.
Nadie elige engordar como nadie elige envejecer. Ambos procesos responden a transformaciones orgánicas, hormonales, emocionales y vinculares que atraviesan la vida adulta y se intensifican en la madurez. Sin embargo, la cultura dominante insiste en tratarlos como desvíos corregibles o, peor aún, como delitos estéticos.
La edad como agravante
La gordura adquiere una dimensión aún más cruel cuando se conjuga con la edad.
Engordar a los cincuenta no es equivalente, simbólicamente, a engordar a los veinte. En la mujer madura se lee como abandono, decadencia, derrota. Este prejuicio opera sobre una matriz profundamente patriarcal, donde el valor femenino ha sido históricamente reducido a su capacidad de seducción. Cuando esa seducción deja de responder al ideal juvenil, el cuerpo se vuelve socialmente ilegible, y con ello la mujer que lo habita es desplazada hacia los márgenes de la escena pública, afectiva y simbólica. La vejez y la gordura, entonces, no son solo estados corporales, para muchos se convierten en categorías de exclusión.
Violencia simbólica y discriminación estética
La discriminación hacia los cuerpos gordos no siempre adopta formas explícitas. Rara vez se expresa como insulto directo. Se manifiesta, más bien, en miradas esquivas, silencios incómodos, invitaciones que dejan de llegar, vínculos que se enfrían sin explicación.
Es una violencia blanda, pero persistente, es la violencia simbólica de una sociedad que legitima el desprecio sin necesidad de pronunciarlo. Lo más inquietante es que este rechazo no proviene únicamente de las generaciones jóvenes (formadas bajo el imperativo del culto a la imagen), sino también de los propios pares etarios. Sujetos que, atravesados por el mismo paso del tiempo, optan por rodearse de cuerpos “presentables”, como si la proximidad con la gordura fuera una amenaza para su propia ilusión de juventud o éxito. Aquí emerge una de las formas más sutiles del auto-odio social, que es rechazar en el otro aquello que anticipa la propia fragilidad.
El psicoanálisis y el cuerpo que habla
Desde la perspectiva psicoanalítica, el cuerpo nunca es un mero objeto biológico.
El cuerpo habla. Habla de enfermedades, de duelos no elaborados, de angustias encapsuladas, de pérdidas no tramitadas, de una vida emocional que ha quedado sin palabras. Engordar no es únicamente una acumulación de grasa es, muchas veces, una respuesta inconsciente a un mundo que ha dejado de ofrecer contención. Es un modo de defensa, de protección, de silenciamiento del dolor.
La sociedad, sin embargo, prefiere reducir este fenómeno complejo a las consignas simplistas del “cerrar la boca”, “tener fuerza de voluntad”, “quererse un poco más”. Frases que no solo desconocen la dimensión psíquica del problema, sino que refuerzan la culpa y profundizan el aislamiento.
Retraimiento y depresión socialmente inducida
La estigmatización del cuerpo gordo en la adultez madura no solo impacta en la autoestima individual, también erosiona los lazos sociales. Muchas personas comienzan a retraerse, no por desinterés por el mundo, sino como respuesta defensiva ante un entorno que juzga antes de comprender.
Se sale menos, se habla menos, se expone menos el cuerpo y también la palabra.
La depresión que emerge en estos casos no es solo clínica, es socialmente inducida.
Nace de la expulsión simbólica, de la pérdida de lugar, de la sensación de no ser ya deseable ni deseado en una cultura que confunde valor con apariencia.
La ilusión de que el tiempo enseña
Existe una creencia reconfortante, y falsa, según la cual el paso del tiempo vuelve sabias a las personas. La experiencia demuestra lo contrario, develan que el tiempo solo envejece y que aprender de él es una tarea ética, no biológica.
Cuando sujetos adultos continúan validando a otros por su cuerpo y su posición socioeconómica, cuando persisten en jerarquizar la estética por sobre la dignidad humana, no solo fracasan en su maduración emocional, también perpetúan una forma sofisticada de barbarie.
Porque el verdadero atraso no es engordar ni envejecer. Es no haber aprendido nada del dolor propio ni ajeno.
Hacia una ética del cuerpo y de la mirada social
Nadie elige estar gordo. Nadie elige envejecer.
Pero sí se elige cómo mirar, cómo juzgar y cómo tratar al otro. Una sociedad que continúa organizándose alrededor de la apariencia física y el éxito económico como únicas formas de validación ha perdido de vista lo esencial, ha dejado de ver que los cuerpos cambian, pero la dignidad no.
Tal vez la verdadera revolución cultural que falta no sea sobre la apariencia, sino sobre la ética, donde la diversidad de los cuerpos no solo sea aceptada, sino reconocida como condición legítima; donde el valor de una persona no se mida en kilos, arrugas o dinero, sino en su humanidad. Y mientras esa transformación no se produzca, seguirá siendo necesario recordar con franqueza que nadie elige engordar, pero muchos eligen juzgar y discriminar.