Por Revista Mandato
Cada 30 de enero el mundo conmemora el Día Mundial de la No Violencia y la Paz, recordando el asesinato de Mahatma Gandhi en 1948. Su vida y su muerte simbolizan la lucha por la justicia social mediante la resistencia pacífica, y su legado nos recuerda que la violencia nunca es el camino para transformar sociedades. La ONU estableció esta fecha para promover la educación en valores de tolerancia, diálogo y respeto, y para inspirar a generaciones a resolver los conflictos de manera pacífica.
En Latinoamérica, el mensaje de Gandhi sigue siendo urgente. Nuestras sociedades enfrentan desigualdad, violencia social, polarización política y cicatrices de dictaduras y conflictos internos. Practicar la no violencia no es un ideal lejano: es un compromiso diario con el diálogo, la empatía y la justicia.
En Argentina, las protestas y los reclamos sociales a veces derivan en tensión, pero la paz no es solo ausencia de violencia física: implica escuchar, comprender y transformar la indignación en acciones que construyan, no que dividan.
En Chile, los años de dictadura y los movimientos sociales recientes recuerdan que la justicia y la igualdad son la base de la paz duradera. Cada acto de respeto y diálogo, en barrios, escuelas y espacios públicos, fortalece la cohesión social y ayuda a superar heridas históricas.
En toda Latinoamérica, el mensaje es claro, la paz es un proceso colectivo. Las tensiones políticas y económicas, las migraciones forzadas y los conflictos territoriales solo pueden abordarse con paciencia, solidaridad y estrategias que prioricen la vida humana y el entendimiento mutuo sobre la confrontación. La no violencia no es pasividad, es la fuerza de quienes saben que los cambios profundos se logran con coherencia, empatía y justicia.
Hoy, 30 de enero, celebrar la paz es un recordatorio de nuestra responsabilidad individual y colectiva. Cada diálogo sincero, cada gesto de respeto y cada decisión por la justicia construyen sociedades más fuertes. Gandhi nos enseñó que “la paz no es el fin, es el camino”. En Latinoamérica, ese camino empieza en nosotros, en cada acto cotidiano que elijamos para transformar nuestras comunidades.