La respuesta de Manuel Adorni al comunicado de FOPEA (Foro de Periodismo Argentino) no fue un argumento, no fue una aclaración institucional ni siquiera una réplica política. Fue un gesto mínimo, un signo de interrogación. ¿? Nada más. Ese acto, lejos de ser ingenuo o casual, es profundamente revelador.
FOPEA no emitió un posteo provocador ni una consigna militante. Publicó un comunicado formal, con fundamentos éticos, institucionales y jurídicos, en el que rechaza la creación de la denominada “Oficina de Respuesta Oficial” por entender que el Estado no puede erigirse en un “tribunal de la verdad”. La organización planteó riesgos concretos como el uso de recursos públicos para estigmatizar el disenso, la afectación a la libertad de expresión, la contradicción entre esa iniciativa y el debilitamiento simultáneo del acceso a la información pública.
Frente a eso, el jefe de Gabinete de Ministros, funcionario central del Poder Ejecutivo, eligió no responder. Eligió señalar. Eligió desestimar. Eligió reducir un debate de fondo a un gesto irónico.
Ese signo de interrogación no expresa duda genuina. No interpela con honestidad intelectual. Funciona como un mecanismo de descalificación simbólica, sugiere que el reclamo es tan absurdo que no merece respuesta. Es una estrategia vieja, conocida y peligrosa, eligió no discutir los argumentos, sino subestimar al interlocutor.
El problema es que Adorni no es un improvisado ni un actor marginal del debate público. Es analista económico, contador público, periodista, columnista y funcionario de primera línea del gobierno nacional. Conoce con precisión el rol del periodismo, los principios éticos que FOPEA sostiene y la gravedad institucional que supone que el Estado se arrogue la potestad de auditar el discurso público. Precisamente por eso, su respuesta, reducida a un signo de interrogación, no es ingenua, es la forma de eludir un planteo que no puede refutar sin dejar en evidencia sus propias contradicciones. Una respuesta oficial implicaría admitir una contradicción entre el discurso de libertad y las prácticas de control simbólico.
Responder con seriedad exigiría que el Gobierno justifique por qué asume la potestad de designar “mentiras” desde una estructura oficial, colocándose en la posición de juez de la verdad mientras socava los espacios de debate público y despliega recursos estatales para vigilar y estigmatizar al periodismo crítico. Implicaría, además, explicar cómo se concilia esa pretensión con los principios de una democracia que se supone liberal, y reconocer la contradicción radical entre un discurso proclamado de libertad y prácticas que constriñen la pluralidad, marginan el cuestionamiento legítimo y erosiona la deliberación pública.
El signo ¿? es, en ese sentido, una admisión involuntaria de debilidad argumental. Es la respuesta de quien entiende el reclamo, sabe que está bien formulado, pero opta por no enfrentarlo.
Más grave aún, no es una respuesta personal de un usuario cualquiera en redes sociales. Es la expresión pública de un alto funcionario del Estado. Cuando el poder responde así, no banaliza solo a FOPEA; banaliza el debate democrático. Envía un mensaje claro a periodistas y organizaciones, no habrá diálogo, habrá gestos. No habrá argumentos, habrá señales de poder.
FOPEA planteó una discusión institucional. El Gobierno, a través de Adorni, respondió con un signo. En política, los silencios dicen mucho. Pero a veces, un simple signo de interrogación dice todavía más.
Por Liliana Romano, periodista, corresponsal de Revista Mandato en Argentina y Chile.