Por Revista Mandato
Hay una escena que se repite con demasiada naturalidad en nuestras calles, un perro flaco, un gato a la intemperie, una mano solidaria que deja un plato de comida y, casi de inmediato, la queja. No por el abandono. No por el hambre. La molestia aparece porque el animal “se queda”, porque “ensucia”, porque “ladra”, porque existe.
En nombre de una supuesta convivencia, muchos vecinos eligen el camino más cómodo, no ver, no dar, no hacerse cargo. Prefieren que el animal siga de largo, que vaya a “molestar” a otra cuadra, como si el hambre tuviera GPS y el sufrimiento pudiera mudarse sin consecuencias. Esa indiferencia no es neutral: es una forma activa de crueldad.
Quienes se oponen a que se alimente a perros y gatos abandonados rara vez ofrecen alternativas reales. Exigen que “el refugio se los lleve” aun sabiendo, o fingiendo no saber, que los refugios están saturados, sostenidos por voluntarios exhaustos y recursos mínimos. Reclaman soluciones mágicas para no asumir responsabilidad concreta.
Hay algo todavía más grave que sufren estos animales, el desarraigo forzado. Obligar a un perro o gato a mudarse de calle en calle lo condena a perder los pocos vínculos que logró construir en el lugar que sintió como refugio. Correr a una mascota en situación de calle es exponerla a más miedo, más peleas, más riesgo de atropello y más hambre. Es empujarla hacia una intemperie aún mayor.
La contradicción alcanza niveles obscenos cuando, en esas mismas cuadras donde hay animales abandonados, algunas personas deciden comprar mascotas. Ven desfilar perros y gatos sin hogar, pero nunca se les cruza la idea de rescatar o adoptar. Celebran la compra como si la vida fuera un objeto de catálogo, mientras ignoran, a metros de distancia, a otros seres vivos que sobreviven con lo que encuentran. Esa elección revela algo más profundo que la simple indiferencia, habla de la manera en que los humanos asignamos valor a la vida animal. Hay quienes merecen cuidado, cariño y atención solo porque tienen un dueño que los reclama, mientras que los que vagan por la calle, flacos, hambrientos y desprotegidos, son invisibles, sobrantes. La cruel jerarquía de la pertenencia es clara, el animal contenido en una casa importa; los de la calle, no.
La queja de algunos vecinos ante quienes intentan ayudar a estos animales evidencia hasta qué punto la sociedad prioriza la comodidad propia sobre la vida ajena. No se reclama por el hambre, ni por el abandono; se reclama por la presencia de quienes no deberían estar allí. En nombre de una supuesta “convivencia tranquila”, se castiga la solidaridad y se legitima la indiferencia. Mirar para otro lado frente al sufrimiento animal no es solo falta de empatía, es un reflejo de una cultura que mide la valía según la propiedad y no según la vida misma.
Frente a esa indiferencia, existen quienes sí se comprometen, son los que ponen agua en verano, comida en invierno, y una caja o una manta cuando baja la temperatura. A ellos no solo no se los acompaña, se los critica, se los hostiga, se los acusa de “atraer problemas”. Lo que incomoda no es el perro ni el gato, sino el espejo. Porque la solidaridad deja al descubierto la falta de humanidad ajena.
Hay un dato que muchos prefieren callar, en numerosos barrios, esos mismos perros abandonados han contribuido a que bajen los robos. No por adiestramiento, sino por gratitud. Un plato de comida genera alerta, presencia, cuidado nocturno. Ladran, avisan, acompañan. Protegen sin contrato y sin salario. Y aun así, son tratados como estorbo.
Esta discusión no es sobre animales. Es sobre qué tipo de comunidad estamos dispuestos a ser, si una que expulsa al más débil para no incomodarse, o una que entiende que convivir empieza por no dejar morir de hambre a quien no puede defenderse. Ignorar el sufrimiento no lo elimina; solo lo vuelve más oscuro. Una sociedad que aprende a convivir con el hambre de un perro en su vereda, sin involucrarse se entrena, casi sin notarlo, para tolerar otras injusticias.
La pregunta es incómoda, pero necesaria, ¿qué dice de nosotros una cuadra donde molesta más un plato de comida y una recipiente con agua que el abandono? En esa respuesta no están los animales. Estamos nosotros.