Por Revista Mandato
En Argentina, el 10 de diciembre no es solo un hito del calendario cívico, es la fecha que consagró, de modo definitivo, el retorno a la vida democrática en 1983. Ese día, Raúl Alfonsín asumió la presidencia tras la última dictadura cívico-militar, marcando el inicio del período institucional más largo de nuestra historia. Desde entonces, el 10 de diciembre quedó asociado a la restauración del Estado de Derecho, a la promesa del Nunca Más y al inicio de una etapa en la que la ciudadanía recuperó su voz.
Años más tarde, la Argentina decidió oficializar esta fecha como el Día de la Restauración de la Democracia, reconociendo que ese momento fundacional no había sido un simple traspaso de mando, sino la recuperación de un pacto moral y político, el compromiso de que ninguna forma de autoritarismo volvería a gobernar la vida pública.
Pero en la Argentina de hoy, esta conmemoración adquiere una densidad distinta. Ya no basta con recordar el pasado, urge interrogar el presente.
El 10 de diciembre celebraba, en su origen, la victoria colectiva contra la noche dictatorial, un consenso social que se sostuvo gracias a una ciudadanía movilizada, a la justicia que investigó crímenes de lesa humanidad y a instituciones en lenta reconstrucción. Sin embargo, cuatro décadas después, la democracia enfrenta su prueba más compleja, sobrevivir al desgaste, a la intemperie económica y al desconcierto político que atraviesan la vida cotidiana de millones.
Porque hablar de democracia en 2025 es, inevitablemente, hablar de economía. No hay ciudadanía plena cuando la sobrevivencia desplaza al pensamiento crítico; no hay libertad real cuando la inflación, el ajuste y la precariedad se vuelven el paisaje estable de un país inestable. Una democracia empobrecida corre el riesgo de volverse una democracia vaciada porque si bien conserva los ritos, también pierde la sustancia.
En tiempos de polarización extrema y discursos que reducen lo público a un obstáculo, la democracia aparece a veces como un lujo. Pero es en esos momentos cuando se vuelve imprescindible recordar su verdadero sentido. La democracia no es solo el derecho a votar, sino el derecho a existir con dignidad. Concierne tanto a las instituciones como al pan de cada día. Exige reglas claras, pero también políticas que no resignen a la mitad del país a mirar el futuro desde la intemperie.
Esa fragilidad deja una advertencia. La democracia no muere de un día para otro; se desgasta cuando la memoria se vuelve selectiva, cuando la participación se reduce a una liturgia electoral, cuando la desigualdad erosiona silenciosamente la credibilidad de las instituciones. Y en la Argentina actual, con una sociedad tensionada entre el hartazgo y la esperanza, los síntomas están a la vista.
Por eso, este 10 de diciembre debería convocarnos a algo más profundo que la evocación histórica, nos llama a repensar el pacto democrático en un país donde la desinformación moldea relatos, donde lo emocional desplaza a lo argumental y donde los márgenes, económicos y simbólicos, se ensanchan cada día.
La educación civica, tantas veces relegada, reaparece como una condición indispensable. Entender qué es un derecho, qué implica un deber, cómo funcionan las instituciones y por qué existen las garantías no es un saber accesorio, es la base para que una sociedad pueda defenderse de sus propios extremos. Una ciudadanía informada no es un dato estadístico, es un contrapeso democrático.
El 10 de diciembre, entonces, no es solo un aniversario. Es un recordatorio de que la democracia no se sostiene sola. Se cuida, se discute, se trabaja y se mejora. Y en un país donde la incertidumbre económica amenaza con devorar todos los debates, este día invita a recuperar una convicción básica porque sin memoria, sin inclusión y sin justicia social, la democracia se vuelve un edificio sin cimientos.
Honrar a quienes la recuperaron en 1983 implica asumir una responsabilidad contemporánea, implica que no haya argentinos viviendo fuera de ella, ni por exclusión política ni por exclusión económica. Solo así, en un presente áspero pero aún abierto, la democracia podrá seguir siendo más que un ritual: podrá ser un horizonte compartido.