Por Revista Mandato
Cada 3 de diciembre se honra el nacimiento de Carlos Juan Finlay (1833), el médico cubano que transformó para siempre la salud pública al demostrar cómo el mosquito Aedes aegypti propagaba la fiebre amarilla (la Confederación Médica Panamericana propuso esta fecha en 1953 para celebrar a los médicos de América, y Argentina adhirió oficialmente en 1956). Ese hallazgo, que salvó incontables vidas en Latinoamérica, sirve hoy como punto de partida para pensar no solo a la medicina como ciencia, sino como un compromiso ético con la comunidad.
Sin embargo, en la Argentina de hoy, y muy especialmente en el Norte Grande, donde Revista Mandato pone la mirada, este homenaje convive con una realidad que duele. Porque mientras celebramos la vocación, vemos cómo el sistema que debería sostenerla se desmorona a los ojos de todos.
Un rol esencial que sobrevive al desgaste
En los hospitales públicos de Tucumán, Salta, Jujuy y Santiago del Estero, los médicos ejercen en condiciones que desafían cualquier manual. Las guardias se extienden más allá de lo razonable; las salas de espera se vuelven escenarios de tensión; los insumos llegan tarde o no llegan; y las urgencias conviven con la falta de personal que obliga a los equipos a multiplicarse.
A ello se suma un problema que dejó de ser excepcional para volverse cotidiano, como lo es la violencia contra los trabajadores de la salud. La escena se repite cada año con pacientes y familiares que estallan, después de horas de angustia, con golpes, amenazas y destrozos por las largas horas de espera que deben afrontar para ser atendidos. Esa violencia tiene raíz en la crisis económica y en la saturación del sistema, pero no lo pagan los funcionarios del gobierno, sino los médicos y el personal de salud.
Salarios que no alcanzan y vocaciones al límite
Aunque las cifras varían de provincia en provincia, la conclusión es la misma, los salarios médicos están por detrás del costo de vida real. Incluso con aumentos recientes, muchos profesionales deben sumar guardias extras seguidas, con los consabidos riesgos que genera el exceso de trabajo para la salud; trabajos paralelos o desplazamientos constantes entre hospitales, clínicas y sanatorios, para sostener ingresos dignos.
En el NOA, donde la salud pública absorbe la mayor parte de la demanda, los médicos jóvenes, y también los experimentados, confiesan algo que hasta hace unos años era impensado: si pudieran, se irían del país.
La fuga de especialistas ya comenzó y amenaza con vaciar áreas críticas.
Un sistema bajo presión y un gobierno que suma tension a este escenario
El gobierno de Javier Milei ha propuesto un reordenamiento fiscal que atraviesa todos los ministerios. En salud, el mensaje es claro, achicar, revisar, “eficientizar”. El problema es que esas decisiones recaen sobre un sistema que ya está exhausto.
Un sistema de salud saturado
Mientras se discuten recortes, desacuerdos con organismos internacionales y reorganizaciones administrativas, los hospitales del Norte del país reciben más gente que nunca, familias que perdieron cobertura, pacientes que no pueden pagar tratamientos privados, jubilados que recorren kilómetros en busca de atención en los hospitales, porque los sanatorios prestadores de PAMI brindan atención deficiente.
Entre la incertidumbre y la demanda creciente, los médicos quedan en el medio porque cargan sobre sus espaldas el colapso de un sistema que el Estado promete “ordenar”, pero que en la práctica funciona gracias al sacrificio personal de quienes lo integran.
Honrar significa garantizar condiciones
Desde Revista Mandato lo decimos sin rodeos,
El Día del Médico no puede ser una postal. Tiene que ser un punto de inflexión.
Honrar a quienes sostienen la vida es garantizar:
- salarios justos que permitan dedicación plena,
- guardias seguras,
- equipos completos,
- infraestructura que funcione,
- políticas que no cambien cada seis meses,
- y un Estado que deje de administrar crisis para empezar a construir futuro.
Celebrar el 3 de diciembre es reconocer que sin médicos no hay salud, y que sin salud no hay proyecto de país posible.
En tiempos donde la incertidumbre gobierna, los médicos siguen siendo el pulso firme de un sistema que resiste. Y es precisamente por eso que merecen no solo nuestro homenaje, sino nuestro compromiso.