Por Revista Mandato
La Navidad suele invocarse como un tiempo de encuentro, de pausa simbólica, de mesa compartida. Sin embargo, en la Argentina actual, esa liturgia se ve atravesada por el salario, una variable concreta y determinante. El ingreso mensual ya no organiza el año, apenas alcanza para sobrevivirlo. Las fiestas, lejos de ser un paréntesis de alivio, se convierten en un recordatorio incómodo de todo aquello que falta.
Para la gente común, seguramente no tanto para la clase media o los empleados estatales, las vidrieras iluminadas contrastan con changos incompletos; los brindis se ajustan; los regalos se resignifican. En muchos hogares argentinos, la Navidad dejó de ser abundancia para convertirse en cálculo. No hay derroche ni exceso, sino administración del deseo. La celebración persiste, pero lo hace en clave mínima, casi defensiva.
Y, sin embargo, no desaparece. Se transforma. La Navidad argentina se vuelve austera, íntima, silenciosa. Menos ruido y más conciencia. Menos consumo y más charla. Como si, frente a la imposibilidad material, la sociedad ensayara otra forma de sostener el ritual.
Celebrar sin certezas
Esta austeridad no es una elección cultural sino una consecuencia económica. Los bajos salarios, la pérdida de poder adquisitivo y la inestabilidad cotidiana erosionan no solo la capacidad de compra, sino también el ánimo colectivo. La Navidad, entonces, deja de ser promesa y pasa a ser interrogante.
¿Qué se celebra cuando el futuro es incierto?
¿Qué sentido tiene el brindis cuando el horizonte es corto? Tal vez la respuesta esté en la persistencia misma del gesto. En la obstinación de reunirse aun cuando no sobra nada. En la decisión de mantener un rito que recuerda que la vida social no se agota en la cuenta bancaria. La Navidad, en este contexto, funciona más como acto de memoria que como fiesta. Una Navidad de recuerdos de tiempos mejores, pero también de la necesidad de no perder del todo la trama común.
Chile: Navidad en tiempos de transición política
Del otro lado de la cordillera, la Navidad se vive bajo otra tensión. No es el salario el único eje del desvelo, sino el cambio político inminente. Chile se prepara para cerrar un ciclo y abrir otro. El pasaje de Gabriel Boric a José Antonio Kast no es un simple recambio de nombres, sino de concepciones del Estado, de la economía y del vínculo con la sociedad.
Las fiestas de fin de año coinciden con un momento de redefinición profunda. Boric representa una etapa marcada por la ampliación de derechos y una sensibilidad social determinada, que en las últimas últimas elecciones dejó en claro lo cuestionada que estaba; Kast encarna un proyecto de signo opuesto, con énfasis en el orden, el mercado y una visión conservadora del poder. La Navidad, en este contexto, no es neutral, se cuela en las conversaciones familiares, en los brindis cautelosos, en las expectativas cruzadas.
Chile celebra mientras discute. Celebra mientras anticipa. Celebra sin saber del todo cómo será el año que comienza.
Dos países, una misma pregunta
Argentina y Chile llegan a la Navidad desde lugares distintos, pero comparten una pregunta de fondo: ¿cómo se habita el presente cuando el futuro no ofrece certezas?
En Argentina, la austeridad económica replantea el sentido de la celebración. En Chile, la transición política reordena las expectativas. En ambos casos, la Navidad deja de ser un simple evento del calendario para convertirse en un termómetro social. Mide el ánimo, revela tensiones, expone desigualdades y anticipa debates.
Quizás por eso esta Navidad no sea ostentosa ni espectacular. Tal vez sea, más bien, una Navidad reflexiva. Una que obliga a pensar qué se celebra, más allá de la connotación religiosa, qué se espera y qué se está dispuesto a sostener cuando las condiciones no acompañan.
En tiempos de ajuste o de cambio, la Navidad no promete soluciones. Apenas ofrece una pausa. Y, en ese breve silencio entre un año que termina y otro que comienza, tal vez resida su valor más profundo.