Cada 8 de abril, la gastronomía celebra uno de sus gestos más antiguos y universales, la creación de un pequeño bocado que condensa historia, regiones y memoria. El Día Mundial de la Empanada no surge de un decreto oficial ni de la iniciativa de una sola persona; es una celebración que nace de la práctica colectiva y del reconocimiento espontáneo de cocineros, cronistas y amantes de la cocina que han elevado esta preparación a la categoría de símbolo cultural.
Su origen, sin embargo, se remonta a tiempos lejanos y geografías diversas. Las primeras empanadas surgen en el Medio Oriente, donde envolver carnes y vegetales en masa era un recurso práctico para conservar y transportar alimentos. Luego, en la España medieval, reciben nombre y forma definitoria, “empanar”, antes de cruzar el océano Atlántico hacia América. En cada traslado, la empanada se transforma, adaptándose a ingredientes locales y a los paladares de nuevas comunidades.
En la Argentina, la empanada es una verdadera cartografía de sabores. Cada provincia imprime su sello, en Salta, sigue rigiendo la tradicional. La intensidad de la carne, mezclada con papas y las especias despierta la memoria del norte argentino.
En Tucumán, el equilibrio entre carne, cebolla y comino es un ejercicio de precisión que ha merecido un lugar privilegiado en la cultura provincial. En la Cuna de la Independencia argentina, se celebra cada año la Fiesta Nacional e Internacional de la Empanada, evento que reúne en Famaillá a cocineros, familias y turistas para rendir homenaje a este emblema gastronómico. Los hermanos Enrique y José Orellana, figuras emblemáticas de la vida política del municipio, fueron los arquitectos de la fiesta de proyección mundial, transformando a la localidad de Famaillá en un verdadero santuario del sabor. El evento que se lleva a cabo en septiembre, promueve concursos de cocina que celebran la maestría de los pliegues y rellenos, junto a la música popular que acompaña la tradición y las actividades que evocan la identidad local. En este sentido, Famaillá, «la Ciudad de las Réplicas», se destaca cada año como la «Capital Nacional de la Empanada», un lugar donde la gastronomía se convierte en patrimonio vivo y experiencia sensorial única para los argentinos y los turistas.
En Córdoba, la sutileza del dulzor de las pasas aporta un contrapunto inesperado. Comer una empanada argentina no es solo degustar un plato, es participar de un legado, una conversación entre generaciones y territorios.
Chile, en cambio, ha hecho de su empanada un acto casi ceremonial. La versión más conocida que es la de «pino» (rellena de carne, cebolla, huevo y aceitunas o las de queso y mariscos, entre tantas variedades), se consagra en las Fiestas Patrias (18 de septiembre), donde cada ingrediente se dispone con la armonía de un ritual. La experiencia de saborearla combina lo dulce, lo salado y lo graso en un equilibrio que refleja la precisión de una cocina refinada, sin perder la calidez de lo popular.
Por su parte, Bolivia ofrece, quizás, la expresión más desafiante, la empanada salteña. Su interior jugoso y ligeramente caldoso requiere técnica y cuidado al comerla. La combinación de dulzor (en su masa), picante y caldo la convierte en un pequeño y apetecible drama gastronómico. Comerla requiere de destreza, para no volcar sus jugos. Según cuenta la historia, quien derrama esta exquisita combinación de masa y carne en su caldo, no sabe besar.
Celebrar la empanada es, en definitiva, rendir homenaje a su capacidad de contener el mundo en un bocado. Es reconocer que, detrás de cada pliegue de masa, hay historia, migraciones, adaptaciones culturales y un diálogo permanente entre lo cotidiano y lo heredado. La empanada, en sus miles de variedades, demuestra que la sofisticación puede nacer de lo más simple y que un pequeño alimento puede convertirse en motivo de encuentro, pero también en cada región, la empanada, con sus rellenos tradicionales se transforma en vehículo de identidad y orgullo local, como bien lo remarca Tucumán, cada año, en Famaillá.

Liliana Romano para Revista Mandato