Por Revista Mandato
Hay gestos que no hacen ruido, pero pesan más que cualquier agresión directa. La indiferencia es uno de ellos. Se manifiesta cuando alguien atraviesa un momento difícil y descubre, con crudeza, que quienes decían valorarlo ya no están. No llaman, no preguntan, no acompañan. Simplemente se corren al costado.
En los discursos cotidianos abundan las palabras grandilocuentes: “te aprecio”, “contá conmigo”, “somos familia”, “somos un equipo”. Sin embargo, cuando los problemas aparecen, una crisis personal, una situación de violencia, una injusticia laboral, una enfermedad, un conflicto legal, esas promesas se evaporan. Lo que queda es el silencio, una forma cómoda de desentenderse del dolor ajeno.
La indiferencia no distingue vínculos. Se filtra en las parejas que eligen mirar hacia otro lado cuando el otro sufre; en familias que prefieren no involucrarse “para no tener problemas”; en amistades que se diluyen cuando el conflicto deja de ser anecdótico; y en ámbitos laborales donde la solidaridad se limita a lo que no compromete.
Hay una lógica perversa detrás de esta actitud, mientras todo esté bien, el afecto es sencillo; cuando la situación incomoda, el otro se vuelve una carga. Así, la empatía se transforma en un valor declamado pero no practicado. Se valida a la persona mientras no altere la tranquilidad propia, mientras no obligue a tomar posición.
Esta indiferencia no es neutral. Abandona, expone y, muchas veces, revictimiza. Quien queda en soledad no solo enfrenta su problema, sino también la decepción de descubrir que su red de contención era más frágil de lo que creía. El aislamiento no surge de la nada, se construye socialmente a fuerza de silencios y ausencias.
Como sociedad, deberíamos preguntarnos qué tipo de vínculos estamos cultivando. Si el compromiso termina donde empieza la incomodidad, si el afecto no resiste la adversidad, entonces no hablamos de lazos reales, sino de relaciones condicionadas.
La empatía no es un sentimiento abstracto ni una consigna para redes sociales. Es una decisión cotidiana, es escuchar, acompañar, no desaparecer. A veces no se trata de resolverle la vida a nadie, sino de no dejarlo solo cuando más necesita ser visto y acompañado.
Porque el verdadero valor de una persona no se mide cuando todo marcha bien, sino en cómo es tratada la persona cuando atraviesa su peor momento. Y la indiferencia, aunque silenciosa, también es una forma de violencia.