Por Liliana Romano, periodista
Para Revista Mandato
En Chile la desigualdad territorial ha sido una herida histórica, las zonas extremas llevan décadas reclamando algo más que discursos, exigen estabilidad, inversión sostenida y presencia real del Estado. En ese contexto, la firma del Plan de Desarrollo de Zonas Extremas (PDZE) 2025-2035 en la Región de Magallanes marca un punto de inflexión político y administrativo. No solo es un anuncio de obras, es un cambio estructural en la forma en el que el país entiende y financia sus periferias, especialmente aquellas donde el clima, la geografía y la distancia convierten lo cotidiano en un desafío.
Por primera vez, estas regiones no dependerán de programas transitorios o presupuestos sujetos al vaivén electoral porque el PDZE nace con financiamiento permanente, una promesa hecha en 2022 por el presidente Gabriel Boric y materializada ahora en Punta Arenas, con la presencia de la subsecretaria Francisca Perales y autoridades regionales.
Un plan histórico: inversión sostenida por una década
Se informo oficialmente que el PDZE proyecta una inversión de 1,6 billones de pesos en 10 años, convirtiéndose en una de las estrategias más ambiciosas para la Patagonia chilena y la Antártica. Este modelo, que trascenderá gobiernos, inaugura la “Nueva Política Permanente” para territorios aislados y se replicará en otros seis puntos del país, entre ellos Rapa Nui, Palena y el archipiélago Juan Fernández.
Además del financiamiento sectorial —principalmente del MOP—, el plan se sustenta en la provisión especial para zonas extremas y en recursos regionales vía FNDR, lo que asegura continuidad y autonomía en la ejecución.
Magallanes: obras que transforman territorio
El plan no se queda en lo declarativo, incluye un conjunto de obras que responden a déficits largamente diagnosticados vinculados con la conectividad, salud, educación, infraestructura sanitaria y energía.
Entre los proyectos se destacan:
- Ampliación a doble calzada de la Ruta 9, desde el Aeropuerto hasta el kilómetro 52.
- Mejoramiento de la ruta Y-290, acceso clave a la Cueva del Milodón.
- Extensión de la red eléctrica hacia Cerro Castillo, Cerro Guido y la Portería del Parque Nacional Torres del Paine.
- Reposición de redes de alcantarillado y nuevas plantas de tratamiento de aguas servidas para Villa Punta Delgada (San Gregorio) y Cerro Sombrero.
- Construcción de una escuela pública en cada capital provincial, junto con nuevos jardines infantiles en Villa Punta Delgada y Villa Tehuelche.
- Mejoras y ampliación en infraestructura de salud en el Cesfam de Puerto Natales.
- Nuevo Centro de Gestión de Residuos Sólidos de Tierra del Fuego, en Porvenir.
Estas iniciativas apuntan a resolver problemas estructurales y habilitar condiciones básicas para el desarrollo económico, turístico y social de la zona austral.
Un país que se expande hacia la periferia
El PDZE abarca siete territorios estratégicos de alta complejidad geográfica o insularidad:
- Arica y Parinacota
- Tarapacá
- Aysén
- Magallanes y Antártica
- Provincia de Palena y comuna de Cochamó
- Rapa Nui
- Archipiélago Juan Fernández
Con esta cobertura, Chile vuelve la mirada hacia su frontera física, humana y ambiental, entendiendo que el país no termina en los centros urbanos, sino que comienza, justamente, en sus extremos.
Un giro político que exige coherencia
El anuncio del PDZE marca un avance significativo en la agenda de descentralización, pero también abre una pregunta de fondo, ¿será capaz el Estado de sostener este compromiso más allá de la retórica y de los ciclos políticos? La inversión permanente es un hito, sí, pero su impacto dependerá de la gestión real, de la capacidad técnica regional y de la voluntad de tratar a las ciudades australes no como territorios “a subsidiar”, sino como socios estratégicos del desarrollo nacional.
Magallanes, con su historia de postergación y su vocación geopolítica única, recibe ahora una señal clara, el extremo sur deja de ser un borde y se convierte en un eje. El desafío que queda es que este impulso no se pierda en la burocracia ni en el centralismo, sino que se traduzca en un desarrollo digno, sostenible y efectivamente territorial.
Chile vuelve a mirar hacia el viento y el hielo. Y esa mirada, por primera vez, promete no girar hacia otro lado.