Este 25 de febrero, recordamos el nacimiento en Yapeyú de José Francisco de San Martín, el libertador que no solo soñó con la independencia, sino que la construyó con estrategia, disciplina y una ética poco común en la historia. Su vida militar es admirada, lideró ejércitos, cruzó los Andes y liberó territorios enteros. Pero lo que realmente lo distingue no son sus batallas, sino su decisión de no aferrarse al poder político una vez alcanzada la gloria.
San Martín entendió que el verdadero triunfo no es ocupar un cargo, sino asegurar la libertad de un pueblo. Pudo ser gobernador, líder supremo o hasta dictador de facto, y sin embargo eligió retirarse. Esa coherencia, esa renuncia consciente a la ambición personal, lo convierte en un ejemplo que trasciende siglos.
Contraste con la política contemporánea
Hoy, demasiados dirigentes parecen medir su éxito por el tamaño de su poder o la visibilidad mediática que logran, muchas veces a costa del interés colectivo. La acumulación de cargos, el nepotismo, las disputas partidarias y la búsqueda de protagonismo personal suelen opacar la verdadera misión de la política que es servir al pueblo, no servirse de él.
Recordar a San Martín no es solo homenajear fechas o hazañas; es una invitación a replantear cómo entendemos el liderazgo. Su ejemplo nos interpela, ¿cuántos líderes actuales estarían dispuestos a poner la patria antes que su carrera? ¿Cuántos priorizan el bien común por encima del poder? En tiempos donde la desconfianza hacia la política crece, figuras como la suya nos recuerdan que la grandeza y la ética no son incompatibles con la acción pública; al contrario, son su verdadera base.
Por Liliana Romano para Revista Mandato