En algún momento se instaló la idea de que crecer implica abandonar todo aquello que alguna vez fue juego. Como si la adultez fuera una renuncia obligatoria al placer lúdico, a la curiosidad o a la imaginación. Bajo ese mandato silencioso, ver a un hombre de más de 50 años (empleado, obrero, profesional, padre o abuelo), jugando en su consola todavía despierta miradas de sospecha. ¿No debería estar haciendo algo “más serio”? ¿No es eso cosa de adolescentes?
La pregunta, en realidad, revela más sobre nuestros prejuicios que sobre la persona que disfruta de una consola de videojuegos.
Durante décadas, el ocio adulto fue cuidadosamente clasificado, leer es culto, ver televisión es aceptable, practicar deporte es saludable. Pero el videojuego quedó atrapado en una etiqueta generacional, como si el calendario pudiera dictar qué formas de entretenimiento son dignas y cuáles no. Sin embargo, la primera generación que creció con consolas ya superó los cincuenta años. No abandonaron su afición, simplemente envejecieron con ella.
La madurez no se mide por los pasatiempos sino por la manera en que una persona habita sus responsabilidades. Por ejemplo un médico puede salvar vidas por la mañana y recorrer mundos virtuales por la noche sin que exista contradicción alguna. De hecho, en una época marcada por el estrés crónico, las guardias interminables y la sobreexigencia laboral, disponer de un espacio de desconexión no es un síntoma de inmadurez sino de supervivencia emocional.
También hay una dimensión más profunda que suele ignorarse; jugar es una actividad humana universal. Los niños juegan para aprender, los adultos para aliviar tensiones, los ancianos para preservar la agilidad mental. El juego no es lo opuesto a la seriedad, es su contrapunto necesario. Una vida sin espacios lúdicos termina volviéndose rígida, mecánica, incapaz de asombro.
Lo verdaderamente preocupante no es que un hombre de más de 50 años juegue con la consola, sino que todavía existan modelos de adultez tan estrechos que obliguen a esconder aquello que produce disfrute. Tal vez la madurez consista, precisamente, en lo contrario, en permitirse ser quien uno es sin pedir permiso a los prejuicios ajenos.
Porque crecer no debería significar volverse solemne, sino aprender a sostener el equilibrio entre deber y placer. Y si después de una jornada de trabajo alguien encuentra en un videojuego el mismo descanso que otros hallan en una novela, una caminata o una copa de vino, entonces no estamos ante un problema de madurez, sino ante una sociedad que todavía confunde ser adulto con dejar de jugar.
Por Liliana Romano para Revista Mandato