Por REVISTA MANDATO
El episodio vivido por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, al ser acosada en plena vía pública, rompe con la ilusión de que el poder o la autoridad política protegen a las mujeres de las violencias de género. El hecho, además de escandaloso por la investidura de quien lo sufre, revela la persistencia de una cultura machista que atraviesa todas las jerarquías sociales. Que una mandataria, una de las figuras de mayor visibilidad y resguardo del país, sea víctima de acoso sexual en la calle, muestra que la violencia contra las mujeres no distingue cargos, edades ni contextos.
El «poder» masculino
Desde una mirada sociológica, el hecho expone la normalización del contacto físico no consentido como una forma de poder masculino sobre el cuerpo femenino. En las calles latinoamericanas, el acoso suele disfrazarse de “broma”, “admiración” o “exceso de confianza”. Pero en el fondo, se trata de una expresión de dominación simbólica: la idea de que el cuerpo de la mujer está disponible, aun cuando esa mujer es la presidente de un país.
Estructura patriarcal
El hombre que se acerca e intenta besarla no solo rompe un límite físico, sino también un límite cultural: desafía la legitimidad del liderazgo femenino. Su gesto —aparentemente impulsivo, quizá desinhibido por el alcohol— reproduce una estructura patriarcal en la que la mujer, incluso en posiciones de poder, sigue siendo vista como un objeto de deseo o de burla, no como sujeto político pleno.
Espacio publico y seguridad personal
Desde la psicología social, el incidente también pone de relieve la tensión entre la percepción del espacio público y la seguridad personal. Para una figura pública, la calle es escenario y símbolo de cercanía con el pueblo; para una mujer, ese mismo espacio puede transformarse en amenaza. El acoso, además, genera reacciones emocionales que van desde la sorpresa y la rabia hasta la culpa o la impotencia. El mensaje que deja en la psiquis colectiva femenina es devastador, como la reflexión de la mandataria mexicana: si pueden acosar a la presidenta, ¿qué queda para las demás?
Romper el silencio
El gesto posterior de Sheinbaum, denunciar sin privilegios, hablar del tema y hacerlo público, constituye un acto político con doble dimensión, personal y pedagógica. Rompe el silencio que durante siglos ha sostenido la impunidad de los agresores. Su decisión abre la posibilidad de que el acoso deje de verse como un acto “menor” y se entienda como lo que es: una forma de violencia y control social sobre las mujeres.
Políticas de sensibilización
Sin embargo, la respuesta institucional no debe quedarse en la denuncia individual. Es necesario acompañarla con políticas de sensibilización en todos los niveles del Estado, campañas en medios, formación efectiva, contínua, reforzada y auditada en perspectiva de género para fuerzas de seguridad y funcionarios judiciales, y una revisión del rol de los medios digitales que amplifican estos hechos sin filtros éticos y sin ejercer concientización sobre el particular.
Prevención y cultura del respeto
El acoso sexual callejero disminuirá sensiblemente, hasta su extinción, cuando la sociedad deje de tolerar el contacto no consentido como un “desliz”. La prevención no se logra solo con leyes o con custodios; requiere educación emocional, empatía y una nueva pedagogía del respeto corporal. Cada gesto, cada límite que una mujer hace visible, es un paso hacia una cultura más justa. Y cada denuncia, sobre todo cuando proviene del poder, recuerda que ninguna mujer, ni presidenta, ni estudiante, ni profesional, ni trabajadora, ni ama de casa, debe ser tocada sin su consentimiento. La escena de Sheinbaum no es un incidente, un hecho fortuito, es un espejo donde toda América Latina, puede mirarse y decidir si seguirá naturalizando el acoso o comenzará a erradicarlo desde la raíz.