Por Revista Mandato
El ascenso social no ocurre en el vacío. Cuando la propia biografía fue posible gracias a políticas públicas hoy denostadas, el conflicto deja de ser ideológico y se vuelve ético. Esta columna interpela la amnesia social de quienes confunden esfuerzo con negación del entramado colectivo que los sostuvo.
El mito del individuo autosuficiente
Desde la sociología, hace décadas sabemos que el individuo “hecho a sí mismo” es más un relato cultural que una realidad empírica. Nadie cría hijos, accede a una vivienda o atraviesa crisis económicas profundas sin algún tipo de sostén social. El Estado, con todas sus fallas, es una de las formas institucionales que adopta ese sostén. Programas como la Asignación Universal por Hijo o los planes de vivienda no fueron regalos ni privilegios, fueron políticas de corrección de desigualdades estructurales. Su objetivo no era garantizar éxito, sino evitar la exclusión. Y en miles de casos, lo lograron.
El esfuerzo personal no desaparece cuando se reconoce la ayuda colectiva; se vuelve más honesto.
Del beneficio recibido al desprecio discursivo
Resulta llamativo, aunque sociológicamente comprensible, que algunas personas que criaron a sus hijos con ayuda estatal o accedieron a una casa gracias a políticas públicas hoy desprecien esas mismas herramientas y a quienes aún las necesitan. El uso peyorativo del término “zurdo” a quienes están a favor del asistencialismo en su justa medida, no es una crítica política, es una forma de estigmatización. Aquí aparece lo que podríamos llamar una disonancia moral, negar el rol del Estado en la propia trayectoria vital para sostener una narrativa meritocrática absoluta. Como si la historia personal pudiera reescribirse borrando los apoyos que hicieron posible llegar hasta donde se llegó.
Este fenómeno no es individual, es social. Se refuerza en contextos donde el éxito se presenta como una virtud moral y la pobreza como un defecto personal.
La escalera retirada
Existe una imagen recurrente en los estudios sociales, es la de quien sube una escalera y, una vez arriba, la retira. No para impedir que otros suban, aunque muchas veces ocurre, sino para convencerse de que nunca hubo escalera.
Negar la ayuda recibida no es autonomía, es amnesia social.
Esa amnesia no solo es injusta con los demás; también empobrece el debate público. Porque transforma la política en insulto, la ideología en caricatura y la experiencia colectiva en una retórica individualista cerrada.
Crítica no es desprecio
Cuestionar políticas públicas es legítimo. Exigir eficiencia, transparencia y mejores resultados es necesario. Pero hay una frontera clara entre la crítica y el desprecio. Cruzarla implica romper el pacto mínimo de reconocimiento que sostiene a una sociedad democrática.
Quien ayer necesitó del Estado y hoy lo niega debería, al menos, asumir una posición intelectualmente honesta, deberia reconocer que su esfuerzo existió, sí, pero no en soledad. Que sin ese piso de derechos, su historia podría haber sido otra.
Una ética de la memoria social
La pregunta de fondo no es qué ideología abraza la gente que no reconoce la ayuda Estatal no partidista. La pregunta es ¿qué hacemos con la memoria de aquello que nos permitió vivir mejor?
Una sociedad madura no se define por cuántos logran “salir adelante”, sino por cuántos recuerdan cómo lo hicieron y qué condiciones colectivas lo hicieron posible. Negar eso no fortalece al individuo, debilita a la comunidad.
Y cuando una comunidad olvida sus propios mecanismos de cuidado, el desprecio termina siendo el preludio de una desigualdad que vuelve, una y otra vez, a golpear la misma puerta.