Por Revista Mandato
Hay una Argentina que aparece en los informes oficiales y otra que se vive todos los días en la calle, en el supermercado, en la boleta de luz y en el recibo de sueldo. Entre ambas, la distancia no es ideológica, es económica. Y se mide en pesos que no alcanzan.
Cuando la realidad supera a los números
Diciembre de 2025 dejó un dato contundente. Una familia tipo, dos adultos y dos menores, necesitó $1.308.713 para no ser pobre y $589.510 para no caer en la indigencia, según la Canasta Básica Total (CBT) y la Canasta Básica Alimentaria (CBA) del INDEC. No se trata de un umbral abstracto, es el piso mínimo para sostener condiciones elementales de vida.
Sin embargo, el relato macroeconómico insiste en otra narrativa. La inflación de diciembre fue del 2,8%, una cifra presentada como señal de estabilidad. El problema es que la canasta básica subió 4,1% en el mismo mes, muy por encima del índice general. Los jubilados perciben un poco más de $400.000. Es decir, lo que mide la inflación promedio no refleja lo que efectivamente pagan los hogares para comer y vivir.
Cuando la inflación baja, pero el salario también
Desde el punto de vista macroeconómico, es posible, y técnicamente correcto, mostrar una desaceleración inflacionaria. Pero desde la microeconomía del hogar, esa desaceleración no se traduce en alivio. ¿Por qué? Porque los precios que más pesan en el presupuesto de los sectores medios y bajos, alimentos, servicios esenciales, transporte, siguen ajustando por encima del promedio.
En términos interanuales, la comparación también expone la paradoja:
La CBA aumentó 31,2%
La CBT subió 27,7%
El IPC general fue de 31,5%
Que la canasta crezca levemente por debajo del IPC no implica una mejora real si los salarios formales, informales y jubilaciones quedaron rezagados. El salario no compite contra el índice, compite contra la góndola. Y ahí pierde todos los meses.
Canastas técnicas, bolsillos reales
El INDEC define la CBA a partir de requerimientos nutricionales mínimos de un “adulto equivalente”, un varón de entre 30 y 60 años con actividad moderada, y hábitos de consumo relevados por la ENGHo. Es una medición técnicamente sólida, pero conservadora. No contempla variaciones regionales significativas, ni el encarecimiento diferencial de productos frescos, ni el impacto de sustituciones forzadas cuando los ingresos no alcanzan.
La CBT amplía ese cálculo incorporando bienes y servicios no alimentarios mediante el coeficiente de Engel. Allí entran alquileres, transporte, educación, salud, comunicaciones. Todos rubros que, en la práctica, ajustan con lógica propia y muchas veces por encima de cualquier promedio oficial.
La trampa del promedio
El gran problema de la economía argentina actual no es solo la inflación, sino la distribución de sus efectos. El promedio es un dato estadístico; la pobreza es un hecho social. Se puede mostrar una macro más prolija mientras la micro se deteriora. Se puede celebrar el equilibrio fiscal mientras el equilibrio doméstico se rompe. Cuando el ingreso mínimo para no ser pobre supera largamente el salario medio registrado, el problema no es de percepción, es de modelo. Y cuando la política económica se evalúa solo por indicadores agregados, el riesgo es gobernar para los números y no para las personas.
Epílogo: la economía que falta mirar
No hay contradicción entre ordenar la macroeconomía y proteger el poder adquisitivo. Lo que sí hay es una decisión. Mientras los precios básicos sigan corriendo más rápido que los ingresos, la inflación “a la baja” será una estadística fría frente a una realidad caliente.
Porque al final del día, la economía no se mide en gráficos. Se mide en la heladera. Y hoy, para millones de argentinos, esa heladera está cada vez más vacía.