En el silencio del Cementerio Municipal, dos nombres volvieron a ocupar un lugar en la tierra. Después de casi cinco décadas de ausencia, los restos de José Eduardo Ramos y Alicia Dora Cerrotta, víctimas de la última dictadura cívico-militar argentina, fueron finalmente inhumados en una ceremonia cargada de memoria, emoción y reparación.
Sus cuerpos habían sido identificados años atrás entre los restos hallados en el Pozo de Vargas, uno de los sitios de enterramiento clandestino más emblemáticos del terrorismo de Estado en el norte argentino. La identificación fue posible gracias al trabajo del Colectivo de Arqueología, Memoria e Identidad de Tucumán (CAMIT). Ramos fue encontrado en febrero de 2015 y Cerrotta en septiembre de 2016.
El acto de inhumación permitió cerrar (al menos parcialmente), la herida abierta durante décadas de no saber dónde estaban.
El derecho a despedirlos
Para las familias, la ceremonia representó algo más que un acto institucional. Fue, sobre todo, la recuperación del derecho, negado por el terrorismo de Estado, de poder despedir a sus muertos.
“En este acto tan significativo se recupera el derecho a que sus parientes desaparecidos tengan un lugar donde reposar eternamente”, expresó el secretario de Derechos Humanos de la provincia, Mario Racedo, durante la ceremonia.
El funcionario subrayó que la inhumación también constituye un reconocimiento a la perseverancia de los familiares, a la labor de los organismos de derechos humanos y a quienes participaron en las tareas de búsqueda e identificación. “Es parte del compromiso permanente con la memoria, la verdad y la justicia”, señaló.
Medio siglo de ausencia
Para quienes sobrevivieron al paso del tiempo, la despedida llega cargada de sentimientos difíciles de ordenar.
Ana María Cerrotta, prima de Alicia, describió el momento con una mezcla de ternura y dolor al manifestar que “Es una mezcla de muchas emociones. Despedirla ahora, después de 50 años, trae tristeza, pero también la posibilidad de hacer el duelo de otra manera. Ella era muy dulce, muy amorosa y nos queríamos mucho”.
Pedro Ramos, hermano de Eduardo, también tomó la palabra para agradecer a quienes hicieron posible la identificación de los restos al señalar que “Esto siempre fue una cosa muy dura para nosotros, algo impensado. Mi hermano tenía un despertar cultural y poético muy grande”, recordó.
Juventud truncada
La historia de Ramos y Cerrotta pertenece a una generación marcada por la violencia política de los años setenta.
José Eduardo Ramos tenía apenas 21 años. Era poeta y trabajador de prensa, se desempeñaba como periodista en el Diario Noticias y en Canal 10 de Tucumán.
El 2 de noviembre de 1976, en plena dictadura encabezada por la junta militar que tomó el poder tras el Golpe de Estado en Argentina de 1976, fue secuestrado en su vivienda de San Miguel de Tucumán junto a su esposa, Alicia Dora Cerrotta, de 24 años.
Testimonios de sobrevivientes indican que Ramos permaneció detenido en la Jefatura de Policía hasta el 1 de septiembre de 1977. Alicia fue vista en ese mismo lugar en junio de ese año. Estaba embarazada. La apropiación de bebés nacidos en centros clandestinos, fue una de las prácticas más crueles del sistema represivo de ésa epoca.
Ceremonia con presencia institucional
Del acto participaron autoridades municipales y provinciales, entre ellas el intendente interino de Tafi Viejo Maximiliano Córdoba; la secretaria de Gobierno Sofía Solórzano; la subsecretaria Paula Cheín; la secretaria de Administración General Déborah Solórzano; el secretario de Gestión Cultural y Educativa Marcos Acevedo; el jefe del Departamento de Derechos Humanos Martín Suter; y los concejales Jorge Llarrull, Antonio Reinoso, Julio Ponce, Daniela Bravo y Mario Carrizo.
Memoria que vuelve a la tierra
La historia de Ramos y Cerrotta se inscribe en una de las páginas más oscuras de la Argentina, como lo fue la desaparición forzada de miles de personas durante la dictadura.
El Pozo de Vargas, donde fueron hallados sus restos, es hoy un sitio clave en las investigaciones sobre los crímenes del terrorismo de Estado en Tucumán. Allí, durante años, los equipos de arqueología forense recuperaron fragmentos de historias enterradas en secreto.
La sepultura de Eduardo y Alicia no cierra el pasado. Pero devuelve algo esencial, sus nombres, sus historias y la posibilidad de que sus familias tengan un lugar donde recordarlos.
En la tierra donde fueron enterrados, la memoria vuelve a pronunciar sus nombres. Y esa, para muchos, sigue siendo una forma de justicia.