Cada 6 de marzo el calendario cultural nos invita a detenernos frente a una de las expresiones más antiguas y profundas del arte: la escultura. En esta fecha se conmemora el Día Internacional del Escultor, instaurado en honor al nacimiento de Miguel Ángel Buonarroti (1475–1564), uno de los creadores más influyentes de la historia del arte occidental. Su legado es inmenso. La potencia anatómica del David, la conmovedora espiritualidad de La Piedad o la delicadeza juvenil de Virgen de la Escalera son ejemplos de una obra que trascendió siglos y fronteras. Pero más allá de la genialidad individual, esta fecha recuerda algo más profundo, que la escultura es un lenguaje universal que transforma la materia en memoria colectiva.
La escultura como identidad en el Cono Sur
En América del Sur, y particularmente en Argentina y Chile, la escultura ha acompañado los procesos históricos, políticos y culturales de nuestras sociedades. Monumentos, figuras públicas, obras abstractas o intervenciones urbanas han marcado el paisaje simbólico de nuestras ciudades.
En Argentina, nombres como Lola Mora ocupan un lugar fundacional. La Libertad en la plaza central de Tucumán o su célebre Fuente de las Nereidas desafió los prejuicios de su época y se convirtió en una de las esculturas más emblemáticas del país. A su lado se inscribe la obra monumental de Rogelio Yrurtia, autor de piezas icónicas como Canto al Trabajo, donde la figura humana se vuelve símbolo de la dignidad obrera.
En generaciones posteriores, artistas como Alicia Penalba exploraron la abstracción con reconocimiento internacional, mientras que Juan Carlos Distéfano incorporó una fuerte dimensión política y humana a la escultura contemporánea argentina. También la obra de Antonio Pujía destacó por su sensibilidad social y su profunda observación de la condición humana.
Chile, por su parte, ha desarrollado una tradición escultórica igualmente significativa. La obra de Marta Colvin es considerada una de las más influyentes del continente, con esculturas monumentales que dialogan con el paisaje y la memoria americana. Junto a ella, Lily Garafulic impulsó la modernización de la escultura chilena desde la abstracción y la experimentación formal.
Otros nombres fundamentales son Samuel Román, cuyas figuras rescatan la identidad mestiza de Chile, y Sergio Castillo, quien llevó el metal a una dimensión escultórica dinámica y contemporánea.
Esculpir el tiempo
A diferencia de otras disciplinas artísticas, la escultura trabaja con la resistencia de la materia, piedra, metal, madera o arcilla. El escultor dialoga con el peso, la textura y la permanencia. Por eso muchas esculturas sobreviven a los siglos y terminan convirtiéndose en testigos silenciosos de la historia.
En nuestras plazas, cementerios, edificios públicos y museos, estas obras siguen hablando. Nos recuerdan que el arte no solo embellece el espacio público, también construye identidad, memoria y patrimonio.
En el Día Internacional del Escultor, celebrar este oficio es también reconocer a quienes, con paciencia y visión, logran lo que parece imposible, como es darle forma eterna a la materia y al espíritu de una época.
Por Liliana Romano para Revista Mandato