Este día conmemorativo transcurre entre conquistas, deudas y el espejo incómodo de nuestra propia cultura.
El origen de una fecha que cuestiona al mundo
Cada 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, una jornada que no nació como celebración sino como un llamado a la conciencia colectiva. Su institucionalización llegó en 1975, cuando la Organización de las Naciones Unidas decidió reconocer oficialmente esta fecha durante el Año Internacional de la Mujer. Sin embargo, su raíz histórica es anterior, marcada por las protestas obreras femeninas de principios del siglo XX, las huelgas por condiciones laborales dignas y el reclamo por derechos políticos y civiles.
En América Latina, y particularmente en Argentina, el 8 de marzo se ha convertido en una jornada de reflexión sobre la igualdad, la dignidad y el lugar de la mujer en la vida social, económica y política. Pero también es un día que exige mirar sin complacencias las contradicciones que atraviesan nuestras propias conductas colectivas.
Violencia machista: una deuda persistente
A pesar de los avances legislativos de las últimas décadas, la violencia de género continúa siendo una de las problemáticas más graves de nuestras sociedades. En Argentina, el término femicidio se instaló dolorosamente en la agenda pública para nombrar un fenómeno que no admite relativizaciones, mujeres asesinadas por el simple hecho de ser mujeres.
Las cifras y los casos que conmocionan periódicamente al país recuerdan que la igualdad jurídica no siempre se traduce en igualdad real. Las agresiones físicas, psicológicas, económicas o simbólicas siguen reproduciendo una estructura cultural que durante siglos ubicó a la mujer en un lugar de subordinación.
La violencia machista no es únicamente el golpe visible. También se expresa en formas más sutiles como la desigualdad salarial, la precarización laboral, la desvalorización del trabajo doméstico y la persistencia de estereotipos que condicionan la libertad de millones de mujeres.
Avances históricos y tensiones del presente
Sería injusto negar que el siglo XXI ha sido escenario de transformaciones profundas. El acceso de las mujeres a la educación superior, su creciente participación en la política, la ciencia, el arte y la economía, y la consolidación de marcos legales de protección constituyen avances indiscutibles.
En Argentina, leyes como la Ley de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres marcaron un cambio institucional importante. Asimismo, los movimientos sociales lograron instalar el debate sobre la igualdad de género en el centro de la agenda pública.
Sin embargo, el camino no es lineal. En distintas partes del mundo se observan retrocesos, cuestionamientos a políticas de igualdad y tensiones ideológicas que intentan relativizar los derechos conquistados. La historia demuestra que ningún avance es irreversible.
El mea culpa necesario: cuando la rivalidad reemplaza a la solidaridad
Pero si el análisis se limita a señalar únicamente las responsabilidades del sistema patriarcal o de las estructuras históricas, el diagnóstico queda incompleto.
Existe también una dimensión incómoda que rara vez se aborda con franqueza, como la rivalidad entre mujeres que muchas veces reproduce la misma lógica de desigualdad que se intenta combatir.
En la vida cotidiana se observa con frecuencia cómo las primeras críticas al aspecto físico de una mujer provienen de otras mujeres. Las burlas, los comentarios hirientes, la vigilancia estética y el juicio moral sobre la vida privada se convierten en prácticas que alimentan una cultura de competencia permanente.
No es extraño ver relaciones destruidas por celos de otras mujeres, por las intrigas que generan o las interferencias deliberadas que éstas producen en vínculos afectivos, de amigos o en lo laboral. Tampoco es ajeno el fenómeno contemporáneo de las cuentas anónimas en redes sociales destinadas a hostigar, difamar o vigilar a otras mujeres.
La falta de empatía con historias personales que ni siquiera se conocen, la facilidad con la que se juzga, se ridiculiza o se estigmatiza, revela una contradicción profunda, no puede construirse igualdad si entre mujeres persiste la lógica de la rivalidad destructiva.
Este mea culpa no pretende culpabilizar a las mujeres por un problema estructural, pero sí invita a reconocer que la transformación cultural requiere también revisar comportamientos propios cotidianos.
Hacia una cultura de respeto y madurez social
El verdadero desafío del Día Internacional de la Mujer no consiste únicamente en recordar las luchas del pasado, sino en construir una ética social más madura.
La igualdad no se logra solamente con leyes o discursos. Se construye en gestos cotidianos,en la solidaridad entre mujeres, en la educación de las nuevas generaciones y en la capacidad de superar una cultura que durante décadas fomentó la competencia femenina como mecanismo de control social.
El futuro de nuestras sociedades dependerá en gran medida de la capacidad colectiva para reemplazar la desconfianza por cooperación, la burla por respeto y la rivalidad por inteligencia emocional.
El 8 de marzo, más que una consigna o una marcha, es un espejo. Y en ese espejo, si queremos ser honestos, todavía queda mucho por aprender.
Por Liliana Romano para Revista Mandato