Cada 18 de marzo, Chile recuerda a quienes encarnan la continuidad de sus pueblos originarios: los niños y niñas indígenas. Esta fecha, establecida oficialmente para visibilizar sus derechos, no debería limitarse a un acto simbólico ya que es un recordatorio de las inequidades que persisten en su infancia. Desde la dificultad de acceder a una educación de calidad en su lengua y contexto cultural, hasta la falta de servicios de salud adecuados y la discriminación cotidiana, estos niños enfrentan desafíos que muchos adultos desconocen.
En comunidades mapuche, aymara, rapa nui, kawésqar, atacameño (lickanantay), quechua, colla, diaguita, chango, yagán y selk’namcrecer significa a menudo luchar por mantener vivas las tradiciones mientras se navega un mundo que no siempre las entiende. Niños y niñas que deberían jugar y aprender, muchas veces deben trasladarse largas distancias para ir a la escuela, adaptándose a un currículo que no refleja su cultura. Otros ven cómo sus derechos básicos se ven limitados por la falta de infraestructura y políticas públicas adecuadas.
El Día Nacional del Niño y la Niña Indígena es, entonces, un llamado a la acción. No basta con actos ceremoniales; es urgente que el Estado, los municipios y la sociedad civil se involucren en soluciones concretas, con escuelas bilingües y culturalmente inclusivas, acceso equitativo a salud y nutrición, y programas de apoyo que protejan la identidad de estos niños y niñas sin imponerles modelos ajenos.
Celebrar esta fecha también es reconocer la riqueza que estas infancias aportan a la diversidad cultural chilena. Sus lenguas, canciones, saberes y tradiciones son un patrimonio vivo que merece respeto y protección. Cada actividad, cada encuentro, cada gesto de visibilización debe servir para recordar que la infancia indígena no es solo vulnerable; es también una fuerza transformadora, capaz de aportar al país nuevas miradas y valores si se le garantiza un entorno de respeto y oportunidades.
En este día, más que celebrar, debemos comprometernos. Cada chileno, desde su lugar, puede contribuir a que los niños y niñas indígenas crezcan con dignidad, orgullosos de su identidad y confiados en que sus derechos serán respetados. No es solo un día para mirar atrás, sino para actuar hoy, construyendo un futuro inclusivo donde su voz sea escuchada, valorada y protegida.
Por Liliana Romano para Revista Mandato