Hay fechas que no pasan. Se transforman. Se discuten. Hay fechas que incomodan. El 24 de marzo en Argentina es una de ellas. A medio siglo del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la memoria no puede ser una ceremonia repetida ni un acto congelado en el tiempo.
Durante años, la sociedad argentina construyó consensos básicos que parecían inquebrantables. Que el terrorismo de Estado existió. Que hubo un plan sistemático. Que el dolor no admite relativizaciones. Esos acuerdos no nacieron solos, fueron el resultado de una lucha persistente, sostenida por voces que nunca se resignaron al silencio, como las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas de Plaza de Mayo, lucha que algunos sectores han despreciado y relativizado.
Sin embargo, a 50 años, algo cruje.
No es casual. En tiempos de saturación informativa y discursos cada vez más fragmentados, la memoria dejó de ser un piso común para convertirse, otra vez, en un campo de tensión. Aparecen matices que buscan diluir responsabilidades, relatos que intentan equiparar lo incomparable, voces que proponen “pasar de página” como si la historia fuera un libro que pudiera cerrarse sin consecuencias.
Pero la memoria no funciona así.
La memoria no es un archivo. No es una efeméride. No es un discurso que se repite una vez al año para cumplir. La memoria es una práctica viva, incómoda, a veces contradictoria, pero siempre necesaria. Porque lo que está en juego no es solo el pasado, es la forma en que una sociedad decide pararse frente a sí misma.
En este punto, vale advertir que banalizar la memoria no siempre adopta la forma del negacionismo explícito. A veces aparece en versiones más sutiles como en la indiferencia, en el cansancio social, en la idea de que recordar “ya no aporta nada”. Y es precisamente ahí donde la memoria empieza a erosionarse.
Desde una mirada federal, el desafío es aún mayor. Lugares como Tucumán no fueron escenarios secundarios de la historia reciente. Fueron lugares atravesadas por el miedo, el control y la violencia institucional. Sin embargo, muchas de esas historias aún circulan de manera fragmentaria, sin terminar de integrarse a la historia nacional.
Ahí es donde la memoria necesita anclarse en en nuestra tierra y sociedad. Caminar. Señalar. Nombrar.
No para quedarse en el dolor, sino para darle sentido.
A 50 años, la pregunta ya no es solo qué pasó. Es qué hacemos con eso. Qué lugar le damos en la agenda pública. Cómo se transmite a las nuevas generaciones. Qué rol juegan las instituciones, los medios, la educación y también, por qué no, el turismo en esa construcción.
Porque incluso los recorridos, los espacios y las narrativas que se ofrecen al visitante pueden contribuir a consolidar una memoria activa o, por el contrario, a vaciarla de contenido.
En un país donde los consensos parecen cada vez más frágiles, la memoria sigue siendo una de las pocas brújulas posibles. No porque ofrezca respuestas simples, sino porque obliga a hacerse preguntas incómodas.
Y quizás ahí radique su mayor valor.
A medio siglo, sostener la memoria no es un gesto automático ni garantizado. Es una decisión. Una toma de posición frente al presente.
Porque cuando una sociedad deja de incomodarse con su pasado, empieza, inevitablemente, a repetirlo.
Y esa es una historia que Argentina ya conoce demasiado bien.
Nunca Más, entonces, no como consigna heredada, sino como compromiso activo de todos los días.
Por Liliana Romano para Revista Mandato
(Video institucional del Ente Tucumán Turismo)