El llamado Día Mundial del Emprendimiento se ha instalado en el calendario contemporáneo como una fecha de fuerte carga simbólica, aunque de origen difuso y sin una institucionalización formal única a nivel internacional. Su consolidación responde más a la expansión de un relato global sobre innovación y autoempleo que a una decisión normativa específica de organismos multilaterales.
En términos generales, la efeméride busca exaltar la figura del emprendedor como agente de transformación económica, promoviendo la creación de proyectos y la dinamización de las economías locales. Sin embargo, detrás de esa narrativa celebratoria se despliega una pregunta incómoda ¿se trata de una verdadera estrategia de desarrollo o de una forma de desplazar hacia el individuo responsabilidades que corresponden a estructuras económicas más amplias?
Emprender como mandato: la individualización del riesgo
En las últimas décadas, el emprendimiento ha pasado de ser una opción económica a convertirse, en muchos discursos oficiales, en una suerte de imperativo cultural. Se exalta la “iniciativa personal” mientras se naturalizan condiciones estructurales como la precariedad laboral, la informalidad o la volatilidad macroeconómica.
Este desplazamiento no es menor, el emprendimiento se presenta como solución universal, aun cuando los contextos nacionales muestran límites concretos para su sostenibilidad. En este marco, Chile y Argentina permiten observar dos formas distintas, aunque igualmente tensionadas, de materialización del fenómeno.
Chile: institucionalidad robusta, crecimiento limitado
Chile ha desarrollado uno de los ecosistemas emprendedores más estructurados de la región, con políticas públicas activas, programas de financiamiento y articulación entre Estado, universidades y sector privado. Esta arquitectura ha favorecido la emergencia de startups y proyectos innovadores, especialmente en sectores tecnológicos y de servicios.
No obstante, esta institucionalidad convive con un problema persistente que radica en la dificultad para sostener el crecimiento más allá de etapas iniciales. El ecosistema chileno muestra una alta capacidad de nacimiento de proyectos, pero una menor capacidad de consolidación y expansión sostenida.
En este sentido, la pregunta crítica no es cuántos emprendimientos se crean, sino cuántos sobreviven y logran transformar estructura económica real.
Argentina: creatividad en condiciones de restricción permanente
El caso argentino se inscribe en una lógica distinta. El emprendimiento no surge únicamente como política de innovación, sino como respuesta adaptativa a un entorno económico caracterizado por la incertidumbre crónica.
Inflación persistente, inestabilidad cambiaria y restricciones de planificación configuran un escenario en el que emprender muchas veces no es una opción estratégica, sino una necesidad. Esto genera un fenómeno dual: por un lado, una elevada capacidad creativa y de reconversión económica; por otro, una fuerte dificultad para proyectar crecimiento sostenido.
La consecuencia es un ecosistema dinámico pero frágil, donde la innovación convive con la precariedad estructural.
Dos modelos, un mismo límite
Chile y Argentina representan dos formas distintas de abordar el emprendimiento en América Latina, uno desde la institucionalización y la política de fomento; el otro desde la adaptación constante a la inestabilidad.
Sin embargo, ambos modelos comparten un punto crítico, la tendencia a trasladar al individuo la responsabilidad de resolver problemas que son, en gran medida, sistémicos. En ambos casos, el emprendimiento aparece como respuesta casi obligada frente a mercados laborales insuficientes o estructuras productivas limitadas.
Entre la celebración y la pregunta pendiente
El Día Mundial del Emprendimiento funciona, en última instancia, como un dispositivo discursivo que celebra la iniciativa individual mientras evita interrogar con suficiente profundidad las condiciones estructurales que la hacen posible, o inviable.
La pregunta de fondo permanece abierta ¿se está fomentando un verdadero ecosistema de desarrollo productivo o simplemente consolidando una narrativa que romantiza la autogestión en contextos de incertidumbre económica?
En esa tensión se juega buena parte del sentido real del emprendimiento en la región.
Liliana Romano para Revista Mandato