En un país donde los trayectos vitales suelen escribirse entre desplazamientos, pérdidas y perseverancia, la obra de Ana Montrosis surge como una cartografía íntima que une el sur húmedo y arraigado de su infancia y la geografía múltiple de San Bernardo, donde ha construido no solo su vida, sino también una comunidad cultural. Su voz, nacida entre la lluvia valdiviana, la memoria familiar y los bordes urbanos de la Región Metropolitana, encarna ese tránsito que define a tantos escritores latinoamericanos, la búsqueda de un lugar propio en medio de la fractura. La presente entrevista reconstruye ese recorrido. Desde los primeros silencios inspiradores que la llevaron a escribir, hasta la consolidación de una obra que dialoga con la memoria, la identidad y las heridas de Chile. En este recorrido Ana despliega una mirada lúcida sobre el oficio, la gestión cultural y el rol de las editoriales independientes. Su testimonio revela algo más que un derrotero literario, ilumina las tensiones y posibilidades de crear desde la periferia, donde cada voz debe aprender a sostenerse con lo que tiene, con lo que duele y con lo que persiste. Este diálogo, entonces, no es solo sobre literatura, es sobre pertenencia, sobre el cuerpo individual y colectivo que se resquebraja y se recompone, y sobre el acto de escribir como una forma de memoria que se niega a desaparecer.
Ana, nació en Valdivia, pero lleva 25 años viviendo en San Bernardo. ¿Qué influencias del sur aún la habitan y cómo dialogan con su vida en la Región Metropolitana?
La nostalgia o más precisamente, el larismo, ese vínculo afectivo con el hogar y la tierra natal sigue siendo una fuerza en mi escritura. Es un recurso que antes surgía de manera espontánea, casi inconsciente, pero con los años se volvió una elección: traer al presente esos fragmentos íntimos del sur que todavía me habitan como los paisajes húmedos, los olores del bosque después de la lluvia, la madera oscura de las casas valdivianas, las memorias de infancia en Puerto Montt y Valdivia: todo eso aparece en mis textos. Son imágenes que regresan no como melancolía, sino como una manera de afirmar identidad en medio de un espacio distinto. Vivir en San Bernardo, me obligó a dialogar con otra realidad: más seca, más rápida, más fragmentada y sin embargo, esa tensión es fértil. El sur aporta la raíz; San Bernardo, la experiencia contemporánea. Entre ambas geografías se levanta mi escritura, que a veces parece una conversación entre dos versiones de mí misma.
¿Cómo recuerda su infancia y su casa familiar con Alberto Montrosis Ojeda y Rosario del Carmen Guaje Miranda?
Mi infancia transcurrió entre Valdivia y Puerto Montt. Aunque nací en Valdivia, mis primeros ocho años los viví en Puerto Montt, adonde nos trasladamos cuando mi padre, profesor universitario y exonerado político quedó sin trabajo. Cuando la situación se volvió insostenible, regresamos a Valdivia, a la casa de mis abuelos paternos, un espacio que se volvió refugio y frontera al mismo tiempo. Mis padres eran conservadores, y como niña no siempre entendía los sacrificios que hacían para sostenernos, porque con mis hermanas nos bastaba un patio, un juego y también alguna lectura para llenar la vida. Mi madre fue estricta, pero también fue la primera en inculcar valores y disciplina; crecí sin resentimiento hacia su forma de educar, porque eran tiempos difíciles tanto en lo económico como en lo social y ella nos sostuvo con la fuerza, pero jamás silenciosa. Mi padre, más bien ausente, dejó una huella profunda: la lectura. Fue él quien me abrió las puertas de los libros, quien me enseñó a buscar en las palabras un lugar propio. Y aunque no estuvo siempre, me dio esa certeza íntima de que la escritura podía ser un hogar.
Antes de dedicarse completamente a las letras estudió turismo y administración. ¿Cuándo descubrió que su destino era literario y no corporativo?
La verdad es que siempre lo supe. Escribo desde que mi madre me enseñó a leer. Mi padre, gran lector y poeta secreto, porque jamás ha publicado, me exigió desde niña a leer de todo: novelas, historia, poesía. Pero en mi casa la literatura era considerada un complemento, un talento paralelo a una carrera. La poesía era un lujo del espíritu, no un camino profesional. Por eso seguí rutas más convencionales: turismo, administración, trabajos formales. Pero nunca dejé de escribir. Lo hacía a escondidas, casi como un acto de desobediencia íntima. Y cuando por fin pude liberarme del peso de las expectativas familiares, tomé la decisión: dedicarme a la escritura no como un pasatiempo, sino como destino. Ahí comenzó mi verdadero trayecto: cuando dejé de pedir permiso para ser quien ya era.
¿Qué la empujó a emigrar desde Valdivia a San Bernardo? ¿Hubo un momento decisivo?
El momento decisivo llegó durante mis años universitarios. Conocí a quien sería mi compañero de vida y mi marido durante 33 años, Alfredo falleció hace un año y fue junto a él que emprendí el traslado a San Bernardo, su ciudad natal. Ese gesto, que en apariencia parecía una decisión afectiva y práctica, terminó siendo también una decisión literaria. En esta comuna arraigué mis proyectos, mis lecturas, mis talleres, mis primeras publicaciones. San Bernardo abrió un territorio emocional y creativo que nunca imaginé antes de llegar.
Ha desarrollado un fuerte vínculo con San Bernardo. ¿Qué encontró en esta comuna que no encontró en otros lugares?
Encontré historia viva. La maestranza, el Festival del Folclor, el parque García de la Huerta, la memoria ferroviaria, la vida y obra de sus escritores: todos estos elementos crearon un paisaje cultural que me sedujo desde el inicio. San Bernardo tiene una mezcla casi imposible de replicar: ciudad, pueblo y patrimonio conviven sin anularse. Por un lado, están las poblaciones con historia; Las tomas, barrios obreros, sectores vinculados a lo militar, lugares donde la identidad se construyó entre esfuerzo y comunidad. Por otro lado, las nuevas villas y conjuntos habitacionales han cambiado la morfología social, pero no han borrado la marca profunda del cerro Chena, que actúa como un faro y una raíz. Ese sentido de pertenencia, esa identidad que persiste a pesar de los cambios, es lo que me conmueve y me motiva: la capacidad de un territorio de sostener memoria, incluso en movimiento. Y en ese diálogo entre pasado y presente encontré un espacio fértil para investigar, escribir y pertenecer.
Realizó una tesis sobre el Festival Nacional del Folclore. ¿Cuál es la relevancia cultural de este evento y qué le dejó ese proceso de investigación?
La historia del festival está profundamente ligada a un hito político, porque en la vida cultural, lo político siempre está presente. Ese origen marcó mi interés inicial: cómo un evento nacido en un contexto particular logró convertirse en un espacio colectivo que año a año convoca a toda la comuna. Durante varios años participé como voluntaria y luego como investigadora. En ese proceso desarrollé mi tesis de grado, que terminó siendo un aporte para pensar mejoras en la organización y preservación del festival. Lo que más me impresionó fue la persistencia: el festival y esa continuidad no se explica sólo por la estructura municipal, sino por la misma comunidad de folcloristas, que ha luchado por mantener un sentido auténtico y artístico, resistiendo la presión de convertirlo en un evento meramente comercial.
¿Cómo describiría la escena artística local cuando llegó y cómo ve su evolución hoy?
La escena artística de San Bernardo ha sido una de las razones fundamentales para que pudiera fortalecer mi propio tejido intelectual. Desde el comienzo descubrí una tradición literaria marcada por hitos como la histórica Colonia Tolstoyana. Tuve la oportunidad de participar en un taller con Yuri Pérez, un escritor local con reconocimiento nacional. Ese espacio me permitió vincularme con una comunidad literaria vibrante: Úrsula Starke, Marcelo Mallea, Marcelo Arce, Marcelo Sepúlveda, Antonio Silva y Claudia Kennedy. Ellos fueron cruciales en mi formación: me enseñaron constancia, dedicación y sobre todo arraigo, ese impulso de escribir desde un territorio y con él. También ha sido importante la presencia de autoras como Claudia Godoy y Nelly Salas, quienes han contribuido a mantener viva la escena literaria con trabajo sostenido y generoso. Hoy, la escena ha evolucionado y se ha diversificado: han surgido nuevas voces que además de escribir se desempeñan como gestores culturales y editores, como René Silva y Mónica Montero, ampliando el campo literario y generando redes colaborativas más sólidas. A eso se suma un hito fundamental: el Premio Literario de San Bernardo, con sus 32 versiones, que ha permitido que escritores consolidados y autores emergentes se animen a mostrar su trabajo. Ese impulso es invaluable. Creo que debemos no sólo mantenerlo, sino expandirlo a nivel nacional, porque representa un patrimonio cultural que distingue a la comuna y fortalece su identidad.
Ud. fue parte de los talleres de la Casa de la Cultura Manuel Magallanes Moure. ¿Qué significó ese espacio para su formación?
Ese espacio es y fue de gran significado, porque al realizar un taller tienes la oportunidad de conocer formas escriturales, autores, además incluir una disciplina y el ejercicio continuo y el aprendizaje que finalmente lo incorporas como parte del oficio. No estoy diciendo que hay que hacer taller para ser escritor, sino que ayuda a la formación. En mi caso fue un pilar fundamental.
En 2008 fundó la revista virtual Pluma Negra. ¿Qué buscaba crear y qué aprendizaje dejó su cierre junto a la plataforma Atina Chile?
Cuando fundé la revista virtual Pluma Negra en 2008, lo que buscaba era crear un espacio alternativo, un lugar donde lo digital se transformara en una herramienta al servicio de la literatura y no al revés. En esa época recién comenzábamos a dimensionar el potencial de lo virtual, y sentí la necesidad de abrir un espacio para visibilizar voces contemporáneas: no sólo locales ni sólo nacionales, sino también una mezcla de generaciones, territorios y experiencias. La plataforma Atina Chile permitió que ese proyecto se expandiera y alcanzara más lectores, pero también me enseñó que los espacios culturales requieren sostenibilidad, tiempo, apoyo técnico y comunidad activa para mantenerse. Su cierre fue un aprendizaje: entendí que lo literario necesita un soporte estable, pero también que toda experiencia editorial deja huellas, de la revista me quedó el valor de la colaboración, la importancia de abrir puertas y el convencimiento de que la literatura crece cuando se comparte.
¿Cuál fue su primera publicación que sentió como un verdadero “debut literario”?
Mi primer libro fue “Tacones bajo la luna”, un libro feminista, escrito desde una necesidad urgente de decir, pero aún con la inseguridad de quien recién comienza a mostrar su voz. Fue importante, sí, pero todavía sentía que estaba aprendiendo a habitar el oficio. Sin embargo, considero que mi verdadero debut literario llegó con “Mi último cuerpo” . Ese poemario es más maduro y consciente con mis búsquedas estéticas y biográficas. Me dio una voz más definida y, además, recibió una buena crítica, con la que coincido porque siento que ahí finalmente pude decir lo que quería, con claridad y convicción.
Su obra Tacones bajo la luna tiene varias ediciones. ¿Qué representa este libro dentro de su trayectoria?
Tacones bajo la luna, es mi primer libro y, en muchos sentidos, representa la inocencia y la poca pretensión de quien empieza a escribir. Sin embargo, es también el libro que más se solicita leer, probablemente por la curiosidad que genera toda primera obra. Al principio no pensaba en reeditarlo, pero la vida literaria te exige compromisos que uno acepta o no; y en este caso, la obra ha seguido su camino. Es un libro feminista, pero desde una mirada particular: aborda el maltrato entre mujeres más que desde el patriarcado. Tiene un profundo sentido social, al dar voz a vecinas que venden papas fritas o a quienes saben tocar guitarra en las poblaciones de San Bernardo. Es un poemario sencillo, con una carga de imágenes y, como dije, muy inocente, pero valioso. Después de casi veinte años conserva oficio y honestidad. Representa un testimonio de cómo la poesía puede surgir del territorio, de lo cotidiano y de la mirada atenta hacia quienes nos rodean.
Ud. recibió el Premio Municipal de Literatura de San Bernardo en 2016. ¿Qué cuerpo es ese “último” y qué heridas o memorias intenta cerrar o abrir?
Es el cuerpo final que habita una mujer postrada, una mujer que va perdiendo la memoria, el lenguaje y, con ello, su última forma de estar en el mundo. Temáticamente, es el cuerpo de una mujer con Alzheimer, pero también es el cuerpo simbólico de un país. Ese deterioro íntimo dialoga con las heridas de Chile, un país que pierde y reprime su propia memoria una y otra vez. La voz poética se sostiene en lo que queda vivo: la memoria que resiste, incluso mientras se deshace. El hablante pierde el lenguaje, pierde la movilidad, pierde la continuidad de sí, y en ese desmoronamiento aparece una fuerza inesperada: una voz dura, lúcida dentro de su fragilidad, que intenta retener algo antes de desaparecer. Ese “último cuerpo” es, entonces, el cuerpo que agoniza y muere, pero también el cuerpo colectivo que se niega a olvidar. El libro abre y cierra heridas al mismo tiempo: las personales, las históricas y las que todavía seguimos aprendiendo a nombrar.
En Despatriada aparece un desarraigo profundo. ¿Despatriarse es perder un país o ganarse otro?
En despatriarse es salir del lugar seguro: la casa, el cuerpo, el vientre. Es perder la patria incluso estando dentro de tu propio país. Es ese punto donde lo individual se quiebra y deja de sostener lo que se había logrado en lo colectivo, o viceversa. Ese vaivén de irse, volver, no pertenecer del todo en ningún sitio, es parte del corazón del libro. es una obra con una carga social fuerte, publicada en Perú y en una edición pequeña, pero necesaria. Despatriarse no es solo perder o ganar un país: es quedarse en medio, en ese territorio incierto donde uno aprende a sostenerse con lo que tiene y con lo que duele.
¿Cómo describiría su búsqueda poética: política, íntima, territorial ¿o un cruce inevitable de todas?
Es un cruce inevitable de todas, aunque lo íntimo es el eje que sostiene mi escritura. Desde mi territorio nace esa voz interna que avanza, se detiene y rememora; una voz que cuestiona lo que no me parece, lo que cambia y se extraña, y también lo que persiste. Mi poesía dialoga con lo político, lo personal y lo territorial, pero siempre desde una mirada que se construye hacia adentro y luego se proyecta hacia afuera. Es en ese tránsito donde encuentro mi búsqueda.
¿Reescribe mucho o escribe de un solo impulso?
Escribo desde el impulso, desde ese momento en que la imagen o la idea aparece con fuerza y hay que dejarlo todo por escribir. Pero después corrijo bastante. Trabajo sobre el ritmo, la respiración del verso, los silencios. Ese contraste me parece necesario: primero la urgencia, luego la pulcritud. El poema nace rápido, pero se afina con paciencia.
Ud. fue crítica literaria en Datos Sur de Puerto Montt y otros periódicos. ¿Qué exige la crítica que la poesía no exige y viceversa?
Hacer crítica literaria en medios como Datos Sur y otros periódicos me enseñó que la crítica y la poesía son dos oficios que se observan mutuamente, pero desde lugares muy distintos. La crítica exige una distancia, una estructura, una capacidad de leer la obra desde afuera: comprender su contexto, sus decisiones estéticas, sus alcances y sus limitaciones. En cierto sentido, es crear una , con un lenguaje que también busca precisión y belleza, pero que responde a un compromiso con el análisis y la claridad. La poesía, en cambio, exige una entrega desde dentro. No busca explicar: busca revelar. Mientras la crítica se sostiene en la razón y en el diálogo con el texto, la poesía se sostiene en la intuición, en la imagen, en el secreto. Por eso digo que ambas son polos opuestos en constante contemplación. A veces se miran de reojo, pero no terminan de encontrarse del todo. Ninguna tiene la verdad absoluta: la crítica interpreta y la poesía encarna. Y en esa tensión ambas conviven.
¿Cómo evalúa hoy el ecosistema de editoriales independientes en Chile?
Lo veo como un ecosistema absolutamente necesario. Sin las editoriales independientes, muchísimas voces no tendrían espacio para publicar. Son ellas las que sostienen la diversidad literaria, las que arriesgan, descubren, acompañan y apuestan por obras que muchas veces no entrarían en los circuitos más comerciales. Además, funcionan como un puente entre los territorios y la circulación nacional, permitiendo que autores emergentes y proyectos experimentales encuentren su lugar. En un país donde los apoyos institucionales son limitados, las editoriales independientes son, en muchos casos, el corazón real de la literatura chilena. Sin ellas, simplemente no podríamos publicar.
Ud. colaboraste con Verbodesnudo entre 2016 y 2019. ¿Cómo fue esa experiencia?
Con ellos tuve el placer de publicar la segunda edición. La editorial se encargó de editar, publicar y presentar el libro, y además participé como jurado en uno de sus concursos. Mi vínculo con Verbodesnudo fue desde el lugar de autora y colaboradora. Si bien he acompañado a muchos escritores en procesos de corrección y asesoría, ese impulso nació de la lectura misma: del deseo de ayudar a que una obra encuentre su mejor forma, su ritmo, su claridad.
¿Qué criterios considera esenciales para seleccionar a un autor para publicar?
Primero, una propuesta sólida, es decir, una obra que tenga una intención clara, una voz reconocible y un eje que sostenga el libro más allá de lo anecdótico. Luego, que esté bien escrita, con un dominio consciente del lenguaje, del ritmo y de la estructura. También considero esencial la originalidad: que el texto se atreva a aportar algo distinto, ya sea en la forma, en la mirada o en la sensibilidad. Y, sobre todo, que la obra sea un aporte real a la literatura, que tenga un sentido de necesidad, que expanda una conversación o abra un espacio propio. Para mí, publicar no es solo imprimir un libro; es reconocer una voz que merece entrar en diálogo con otras y ese reconocimiento exige rigor, sensibilidad y honestidad.
Ud. fundó el Centro Cultural “Otro Sur” y colaboró en encuentros como Chile Poesía y Poquita Fe. ¿Qué impulsó esa faceta de gestora cultural?
El Centro Cultural Otro Sur, nació como una experiencia colaborativa entre un grupo de escritores locales que queríamos generar nuestros propios espacios de encuentro, lectura y formación, sin depender de la institucionalidad. Fue un impulso natural: la necesidad de crear un lugar donde las voces de la comuna pudieran circular con libertad. Los encuentros internacionales como ChilePoesía y Poquita Fe tenían su propia dinámica y sus circuitos ya establecidos, y nosotros quisimos aportar, abrir espacios en San Bernardo desde la autogestión, el trabajo comunitario y la convicción de que la cultura también se construye desde la periferia. Esa experiencia resultó profundamente enriquecedora. Cuando se trabaja con o sin recursos, en realidad siempre se está aprendiendo: a producir, a sostener proyectos, a tejer redes, a reconocer el valor de lo local. Creo que esa fue la verdadera fuerza que impulsó mi faceta de gestora cultural: la certeza de que la cultura se mueve cuando uno decide moverla, incluso desde los márgenes.
¿Qué aprendizajes le dejaron los encuentros internacionales en Buenos Aires, Lima, Miami?
Participar en encuentros en Chile, Buenos Aires, Lima, Barranca y Miami me enseñó la importancia de estar en la primera línea de la palabra: escuchar otras voces, dialogar con ellas y dejar que sus espacios y culturas atraviesen mi propia lectura. Esos sitios te permiten comprender que, de algún modo, estamos escribiendo un mismo lenguaje, aunque cada país tenga sus matices y particularidades. Cuando aparecen las diferencias, surge también una emoción inesperada: la sorpresa de reconocerse en lo ajeno y la certeza de que la poesía es un puente que siempre encuentra su orilla. Lo más valioso es que esos encuentros te permiten valorar el oficio desde adentro, sin intermediarios. Te ayudan a identificar cómo evoluciona cada voz en su propio territorio y a empatizar con mayor ligereza, desde la experiencia viva y no desde lo que alguien pueda contarte.
¿Qué diferencias ve entre el ambiente literario chileno y el de otros países de Latinoamérica?
En términos de calidad literaria no veo grandes diferencias: en toda Latinoamérica hay autoras y autores con propuestas sólidas, potentes y arriesgadas. En lo humano tampoco siento una distancia significativa; la sensibilidad, la comunidad y la necesidad de la palabra están presentes en todas partes. Donde sí noto diferencias es en lo institucional. Cada país tiene su propia política cultural, sus apoyos, sus circuitos y sus formas de vincular a quienes escriben. Eso inevitablemente influye en cómo circulan las obras, cómo se forman las audiencias y cómo se sostiene una carrera literaria. Por eso creo que las y los escritores chilenos necesitan salir, observar y compartir su trabajo fuera del país. Intercambiar escrituras, conocer cómo se configuran otras voces y cómo evolucionan en esos contextos comparados es un ejercicio muy enriquecedor, diría incluso necesario para ampliar la mirada y entender que la literatura también se transforma en el diálogo con otras realidades.
¿Cuál ha sido el desafío más grande de liderar proyectos culturales desde la comuna y no desde Santiago centro?
El mayor desafío ha sido tener la capacidad de visibilizar las voces de mi propio entorno y, al mismo tiempo, atraer nuevas voces hacia la comuna. Trabajar desde un territorio fuera del centro implica asumir una responsabilidad doble: cuidar lo que nace localmente y abrirlo al diálogo con otras miradas. Liderar proyectos culturales desde la periferia también nos recuerda que, en algún punto, es necesario moverse, emigrar, llevar la palabra a otros espacios y luego volver con esas experiencias. La poesía está en todas partes y las voces poéticas también; por eso el verdadero desafío es mantener ese movimiento constante, ese ir y venir que nutre y expande tanto la escritura como la comunidad cultural.
Ha trabajado temas de género, medio ambiente y cultura en la Asociación de Municipios Ciudad Sur. ¿Cómo se cruzan estos tres ejes en tu vida y obra?
Trabajar en la Asociación de Municipios Ciudad Sur me dio la posibilidad no solo de crecer profesionalmente, sino también de comprender en profundidad cómo se entrelazan estos tres ámbitos en la vida cotidiana de las comunidades. Ese aprendizaje se volvió parte de mi propio modo de mirar el territorio y, sin darme cuenta, fue moldeando mi voz tanto personal como creativa. El trabajo en género, medio ambiente y cultura me abrió un campo de observación donde pude reconocer cómo la identidad de un territorio también es un cuerpo que se cuida, que se habita, que se expresa y esa lectura ha permeado mi escritura. Gracias a esa experiencia, hoy puedo hablar desde un lugar con más sensibilidad y propiedad, sin el temor que antes me producía nombrar ciertas violencias, desigualdades o silencios. De alguna manera, esos tres ejes ampliaron mi forma de entender lo que significa vivir y crear en comunidad: la perspectiva de género me enseñó a mirar lo que históricamente se ha ocultado; el medio ambiente me mostró que todo territorio respira y reclama; y la cultura me recordó que las memorias colectivas también pueden ser una forma de resistencia.
¿Es más difícil abrir espacios culturales para mujeres en las comunas periféricas?
No diría que es más difícil abrir espacios culturales en comunas periféricas solo por ser mujer. Al menos en mi experiencia, la voluntad y la convicción han sido herramientas más fuertes que cualquier barrera externalizada. Soy mujer, y nunca he sentido que eso fuera un impedimento para crear o para impulsar proyectos; al contrario, he visto a muchas mujeres abrirse camino y, a la vez, abrir espacios para otras mujeres y también para hombres. Creo que parte del desafío está en desarmar esa idea de que el género determina de entrada nuestras posibilidades. Esa brecha existe, no la desconozco, es estructural y se manifiesta de distintas formas, pero también debemos trabajar activamente para romperla, primero en lo mental y luego en lo territorial. En las comunas periféricas he sido testigo de una enorme fuerza comunitaria, donde las mujeres se organizan, producen cultura y sostienen iniciativas que muchas veces son invisibles para la institucionalidad. Por eso insisto: más que pensar en dificultad, pienso en potencia. Cuando se trabaja desde la voluntad, la colectividad y la convicción, los espacios se abren. Y se abren sin miedo.
¿Qué políticas culturales urgentes debería implementar Chile para fortalecer el acceso a la literatura?
Fomentar la lectura desde la infancia, fortalecer la formación docente, ampliar el acceso a bibliotecas públicas, promover la literatura en colegios, reducir la brecha digital en áreas rurales, fomentar la lectura en comunidades vulnerables y apoyar a las editoriales independientes. Estas políticas deben ser parte de un enfoque integral que involucre a todos los sectores como el gobierno, las escuelas, bibliotecas y las comunidades.
¿Cómo es un día típico de trabajo creativo para Ud?
Hoy mi rutina creativa es distinta, más acotada, porque estoy estudiando Trabajo Social y, al mismo tiempo, trabajo en albergues como motora social. Ya no tengo ese 100% de disponibilidad que tenía antes, pero esa limitación también me ha abierto una mirada más social y humana, que se ha convertido en material invaluable para mi escritura. Mi trabajo creativo se desplaza entre los tiempos posibles: los fines de semana, los trayectos en micro, los viajes breves o las noches en que el cansancio deja un espacio para la palabra. Cuando tengo días libres: me levanto temprano, escribo hasta que las ideas toman forma, y luego paso al proceso de corrección, que para mí es tan importante como escribir. Leo en voz alta, vuelvo sobre las imágenes, ajusto ritmos y silencios hasta que el poema queda lo más limpio y honesto posible. Mi proceso ya no es lineal ni continuo, pero es más consciente. Y quizá por eso la escritura ahora respira de otro modo.
¿Tiene «rituales» antes de escribir?
No sé si llamarlos rituales, pero antes de escribir necesito preparar el espacio y el cuerpo. Busco un lugar solitario, ordeno la casa, dejo comida hecha para dos o tres días y tomo mucha agua. Tampoco me pueden faltar los cigarrillos. A veces duermo una siesta para despejarme y siempre uso ropa ligera, como si el cuerpo también necesitara soltarse para que aparezca la palabra. Me detengo a ver una película, escucho canciones o vuelvo a lecturas de otros poetas; esa inmersión me ayuda a entrar en sintonía con lo que estoy escribiendo. Más que un ritual fijo, es un modo de afinar la sensibilidad antes de entrar al poema.
¿Qué lecturas actuales le acompañan?
Hace poco volví a leer a Héctor Hernández Montecinos y su libro. También terminé hace unos días de Marcelo Arce. Estoy haciendo una relectura de Amanda Durán, y además estoy leyendo a José Morán y a Antonio Silva, quienes fueron amigos y cuya lectura ahora se vuelve un gesto de memoria. A esto se suman los poetas que siempre me acompañan: Alejandra Pizarnik, Jorge Luis Borges, Walt Whitman, Jorge Teillier, Gonzalo Rojas, Vicente Huidobro y Nicanor Parra. Son voces a las que regreso porque me sostienen, me desafían o simplemente me recuerdan por qué escribo.
¿Cuándo sentió por primera vez que era poeta y no solo “alguien que escribe”?
Puede sonar pretencioso o controvertido, pero lo cierto es que siempre he escrito. Desde niña me sentaba a hacerlo y, de alguna forma, ya me sentía poeta. Es difícil definirse, porque esa identidad no siempre coincide con el acto de escribir. A veces me siento poeta incluso en los periodos de silencio, y otras veces escribo intensamente y no me reconozco en ese lugar. Creo que ser poeta es una mezcla extraña de intuición, pulsión y pertenencia. No llegó en un momento específico: ha sido una sensación que me ha acompañado desde siempre, aunque a veces me contradiga.
¿Qué proyectos literarios se encuentra desarrollando actualmente?
Llevo varios años corrigiendo una novela titulada. Ha sido un trabajo lento, casi de orfebrería, porque quiero que cada imagen y cada ritmo estén en su lugar. Además, tengo una maqueta de libro llamada. Parte de ese proyecto incluye un capítulo titulado “Girasoles”, que envié a un concurso y obtuvo el primer lugar en poesía. Ese reconocimiento me dejó con la duda de si el libro finalmente debería llamarse o todavía estoy dejando que ambos nombres respiren para ver cuál se impone. También estoy iniciando un proyecto que me tiene profundamente involucrada, un libro a dos voces en el que dialogo con Dios. Durante un tiempo me produjo inquietud no poder dedicarle las horas que quería, pero hace unos días encontré una fórmula que me ha dado calma: escribir como si fuera una oración continua. Es una forma de conversación íntima que me acomoda, me ordena y, sobre todo, me da paz.
¿Qué sueña para la literatura de San Bernardo en los próximos diez años?
Sueño con que nazcan nuevas voces, con descubrir una poesía que surja desde el territorio como expresión viva de una comuna en transformación. No importa si esa escritura es intimista o social; lo que deseo es que sea fresca, renovadora, capaz de mostrar en su lenguaje los cambios políticos, sociales y culturales que necesitamos, no solo en la comuna, sino en Chile entero. Quisiera ver una literatura que dialogue con el pasado y con lo que viene, que recoja la identidad barrial, las memorias familiares, los cuerpos que resisten, las historias que todavía no se han contado. Una literatura que se atreva a experimentar, a romper y a reconstruir. En diez años imagino a San Bernardo como un polo creativo donde la palabra no solo se escribe, sino que transforma: una poesía que sea un gesto colectivo, un puente entre lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.
Si tuviera que definir su legado, hasta hoy, ¿cómo lo describiría?
El legado no se restringe al ámbito literario, también es la vida cultural de San Bernardo, impulsando redes de colaboración, espacios de lectura y oportunidades para nuevas generaciones de escritores. La creación no pertenece solo a las grandes ciudades ni a los círculos institucionales, sino que puede germinar con igual o mayor vigor desde las comunas periféricas y los territorios históricos. El aporte se sintetiza en una doble dimensión: una obra que amplía el imaginario poético chileno desde la memoria, el cuerpo y el territorio; y una práctica cultural que encarna la convicción de que la literatura es un acto de comunidad. Mi voz, íntima y a la vez política, queda como testimonio de un tiempo, un país y una sensibilidad que rescata lo que no debe olvidarse.
¿Qué le diría a la Ana que nació en Valdivia sin saber lo que el destino le preparaba?
Le diría que guarde los olores, el humo, la humedad, la ropa secándose junto a la cocina, las voces de sus hermanas. Todo eso regresará algún día convertido en poema. Cuando crezcas, andarás por caminos que no imaginaste. Habrá pérdidas, decisiones difíciles, búsquedas que no siempre darán respuestas. Pero también hallarás tu voz, y aprenderás a defenderla incluso cuando tiemble. Viajarás lejos, escribirás más de lo que soñaste, y en una casa en San Bernardo que te adoptó sin pedirte permiso. Allí, entre calles y cerros, encontrarás tu territorio y tu comunidad. Le diría que no tenga miedo de escribir a escondidas, porque llegará el momento en que no tendrá que esconderse más. Que la poesía será su modo de sobrevivir, de recordar, de denunciar, de amar. Que sus libros serán cuerpos vivos, incluso cuando el suyo esté cansado.
El tejido que sostiene a la literatura a la identidad
Después de recorrer su historia, entre Valdivia y San Bernardo, entre el larismo del sur y la urgencia de los territorios urbanos, queda claro que la obra de Ana se levanta desde un cruce profundamente humano, la palabra como casa, la memoria como esencia humana y la comunidad como impulso creativo. Su voz, forjada en talleres, libros, festivales, gestiones culturales y largos trayectos, se ha vuelto parte de un tejido que sostiene algo más que literatura: sostiene identidad. En tiempos en que lo cultural se ve tensionado por la prisa, el centralismo y la fragilidad institucional, su mirada insiste en abrir espacios, en nombrar lo que otros callan y en seguir escribiendo desde esa frontera donde lo íntimo se vuelve político. Quizás por eso su obra dialoga con tantos lectores, porque reconoce que la historia de un país también se escribe en los cuerpos que recuerdan y en las voces que, incluso desde la periferia, se atreven a persistir. En Ana, la poesía no es un destino alcanzado es un movimiento continuo. Un modo de volver al sur, a la memoria, a la tierra, para decir, una vez más, que la palabra sigue siendo un lugar donde todavía es posible habitar.
Biografía:
Ana Montrosis
Escritora y crítica literaria chilena. Estudió Administración de Empresas de Turismo por la Universidad Austral de Chile. Tiene un Diplomado en Transversalidad de Género e institucionalidad (Universidad de Santiago de Chile, 2018). Trabajó en el periódico Datos Sur de Puerto Montt como crítica literaria y en La Asociación de Municipios Ciudad Sur, en temas culturales, de género y medio ambiente. Ganadora del Premio Municipal de San Bernardo (2016) con la obra Mi último cuerpo. Ganadora del Primer lugar, con la obra Girasoles, en el 32 Premio Municipal de Literatura San Bernardo 2025.
Libros:
Tacones bajo la luna (editorial Puerto Alegre, 2007).
Mi último cuerpo (Gráfica Lom, 2013).
Despatriada (Editorial Cielo Abierto, Barranca, Perú, 2014).
Austral (Editorial Segismundo, 2014). Austral, segunda edición (Editorial Piélago, 2016).
Tacones Bajo La Luna, segunda edición (Editorial Verbo desnudo, 2018).
“Los pájaros del Chena”.
“La Muerte de Fausto”.
Descarga aquí la Entrevista a Ana Montrosis