Lo que ocurre hoy en las escuelas de Tucumán no puede leerse como una suma de episodios aislados. Las amenazas de tiroteos, las pintadas intimidatorias, el uso de las redes para amplificar el miedo y la búsqueda de protagonismo son síntomas visibles de un problema mucho más profundo, existe una fractura en los vínculos, en los límites y en la transmisión de valores.
Las respuestas oficiales, refuerzo de controles, presencia policial, sanciones más duras, intentan contener la urgencia. Pero reducir el problema a una cuestión de seguridad sería quedarse en la superficie. Lo que está en juego es el sentido mismo de la escuela como espacio formativo.
Detrás de cada amenaza hay algo más que una conducta individual, hay una necesidad de ser visto, de irrumpir, de generar impacto. En muchos casos, esa necesidad crece en contextos donde los espacios de escucha son débiles o inexistentes. La familia, primera estructura de contención, aparece muchas veces desbordada, ausente o sin herramientas. Y la escuela, que históricamente cumplía un rol ordenador, hoy se enfrenta a una realidad que la excede.
La crisis no es solo institucional, es cultural. Se debilitaron nociones básicas como el respeto, la responsabilidad, la empatía y la convivencia. Y cuando esos valores no se construyen desde edades tempranas, lo que emerge en la adolescencia es, muchas veces, la transgresión sin conciencia de sus consecuencias.
En este contexto, la discusión de fondo no se puede eludir y requiere preguntarse ¿qué tipo de formación están brindando hoy las escuelas? Más allá de los contenidos académicos, la educación en valores aparece como una deuda estructural.
Existen experiencias que muestran caminos posibles. Instituciones educativas que incluyen formación religiosa (más allá de credos específicos), suelen incorporar de manera sistemática espacios de reflexión ética, comunitaria y espiritual. En esos entornos, no es casual que se registren mayores niveles de empatía, respeto por el otro y sentido de responsabilidad colectiva. No se trata de imponer una doctrina, sino de reconocer que allí donde hay una pedagogía explícita sobre valores, los resultados en la convivencia suelen ser más sólidos.
En contraste, muchos sistemas laicos han relegado la formación en valores a un plano difuso, transversal, que en la práctica termina diluyéndose. La neutralidad, en estos casos, no siempre garantiza formación, a veces deja un vacío grande, una omisión que puede tornarse crítica en las instituciones educativas.
Frente a este escenario, se vuelve necesario pensar en una transformación concreta de la currícula. No como un agregado simbólico, sino como una política educativa estructural. La creación de una “batería” de contenidos orientados al desarrollo de valores humanos, desde el nivel inicial, podría marcar un punto de inflexión.
Hablar de respeto, de límites, de responsabilidad, de solidaridad, de convivencia presencial y digital, de gestión emocional, no debería ser un complemento, sino un eje central del proceso educativo. Y hacerlo de manera sistemática, con evaluación, con formación docente específica y con participación activa de las familias.
Porque si la escuela no enseña a convivir, difícilmente pueda sostener el aprendizaje.
El desafío, entonces, no es solo frenar las amenazas. Es evitar que sigan siendo recurrentes. Y eso implica reconstruir algo más complejo que la seguridad, implica cimentar el sentido de comunidad, la autoridad pedagógica y la formación ética de las nuevas generaciones.
Sin ese cambio de fondo, cualquier medida será apenas un parche sobre una realidad que, lejos de resolverse, seguirá buscando nuevas formas de estallar.
Por Liliana Romano para Revista Mandato