La medida del Gobierno no es protocolo, es un mensaje de poder. Hay decisiones que no se explican, se interpretan. El cierre del acceso a periodistas a la Casa Rosada, dispuesto por el gobierno de Javier Milei, no puede leerse como una medida técnica ni como un episodio aislado. Es, en esencia, un mensaje político que deja en claro que el poder elige cuándo ser observado y cuándo blindarse.
No se trata de credenciales suspendidas ni de un reempadronamiento administrativo. Se trata de algo más profundo y más incómodo, se trata del intento de transformar la relación entre el poder y la prensa en un vínculo condicionado, selectivo y funcional.
Cuando la seguridad se vuelve discrecional
El argumento oficial invoca una supuesta operación de inteligencia extranjera. Un terreno siempre sensible, siempre difícil de refutar en lo inmediato. Pero justamente por eso, también es el más propenso al uso discrecional.
Porque cuando todo puede ser “seguridad nacional”, cualquier límite puede justificarse.
La historia política enseña que los gobiernos no empiezan censurando titulares, comienzan restringiendo accesos. No clausuran medios de un día para otro, primero desacreditan, luego condicionan y finalmente reemplazan el circuito informativo por canales propios. El problema no es la medida en sí; es la lógica que inaugura.
Tucumán: Jaldo y la anomalía que debería ser regla
En ese escenario, la posición del gobernador tucumano Osvaldo Jaldo, no es solo una declaración institucional, es un contraste político. Mientras el gobierno nacional restringe, Tucumán reivindica a la política como fuente de diálogo, algo que en estos tiempos debería ser obvio pero ya no lo es.
Las conferencias de prensa, con preguntas y repreguntas, no son una formalidad. Son un espacio de tensión legítima. Un lugar donde el poder se expone, se incomoda y, en el mejor de los casos, se explica. Eliminar o debilitar ese ámbito no simplifica la comunicación, la empobrece.
Porque gobernar sin preguntas puede ser más cómodo, pero nunca más democrático.
Comunicar no es emitir: es rendir cuentas
El oficialismo nacional parece apostar a un modelo de comunicación directa, sin intermediarios, apoyado en redes sociales y mensajes unidireccionales. Pero hay una diferencia estructural que no puede soslayarse, comunicar no es lo mismo que informar.
Informar implica contraste, verificación, posibilidad de repregunta. Implica aceptar que el mensaje no termina cuando el funcionario deja de hablar, sino cuando la sociedad logra comprender, cuestionar y formarse un juicio propio.
Cuando ese circuito se rompe, lo que crece no es el orden informativo, sino el vacío. Y en política, los vacíos nunca quedan vacíos, se llenan de intrigas, confusión y sospecha.
Un poder que solo se escucha a sí mismo
El cierre de la sala de prensa de la Casa Rosada no solo afecta a periodistas. Afecta a la calidad del sistema democrático. Porque sin acceso, no hay control; sin control, no hay equilibrio; y sin equilibrio, el poder deja de ser republicano para volverse autorreferencial.
No es casual que desde el retorno de la democracia en 1983, la Argentina haya construido, con avances y retrocesos, una cultura donde la prensa interroga y el poder responde. Romper esa dinámica no es modernizar la política, es retroceder en sus garantías básicas.
Cuando el poder deja de oír, la democracia empieza a perder
Hay silencios que no son ausencia de sonido, sino decisión política. El que hoy se instala en la Casa Rosada no es neutro ni pasajero, es un silencio selectivo, construido desde arriba.
Y cuando el poder deja de escuchar preguntas, no se vuelve más eficiente, se vuelve más frágil y más tirano.
Porque toda democracia necesita ruido. El ruido de las preguntas incómodas, de las repreguntas insistentes, de las voces que no encajan en el guion oficial. Cuando ese ruido desaparece, lo que queda no es orden, es aislamiento.
Y ningún gobierno que se aísla de la realidad termina entendiendo a la sociedad que dice representar.
Por Liliana Romano para Revista Mandato